Fandom

Elder Scrolls

Palla, Libro I

6.513páginas en
el wiki
Crear una página
Discusión0 Compartir


P letter.pngalla. Pal La. Recuerdo la primera vez que oí ese nombre, no hace mucho tiempo. Fue en el baile de los Relatos y Platos en una finca espléndida al oeste de Mir Corrup, a donde nos habían invitado, de forma inesperada, a mí y a otros iniciados del gremio de magos. A decir verdad, no deberíamos habernos extrañado tanto. Había pocas familias nobles en Mir Corrup -la región tuvo sus días felices cuando era el lugar de vacaciones de los ricos allá por la Segunda Era- y pensándolo bien, lo apropiado era que los hechiceros y los brujos estuvieran presentes en las fiestas sobrenaturales. No es que fuéramos algo demasiado exótico, simplemente éramos los estudiantes de un monasterio pequeño y nada exclusivo del gremio, pero, como decía, el resto de las opciones disponibles eran bastante penosas.

Durante casi un año, la única casa en la que había estado era la del gremio de magos de Mir Corrup que, aunque amplia, estaba bastante destartalada. Mis únicos compañeros eran el resto de iniciados, la mayoría de los cuales tan solo me toleraba, y los maestros, cuyo rencor por encontrarse en un gremio estancado provocaba interminables abusos.

La escuela de ilusión me atrajo de inmediato. El maestro que nos enseñaba me consideraba un alumno apto que se interesaba no solo por los hechizos de ciencia sino también por las bases filosóficas. Había algo en la idea de combar las imperceptibles energías de la luz, el sonido y la mente que me atraía. Las deslumbrantes escuelas de destrucción y alteración, las santas escuelas de restauración y conjuración, las prácticas escuelas de alquimia y encantamiento o la caótica escuela de misticismo no eran para mí. No, nunca me sentía tan bien como cuando transformaba objetos ordinarios gracias a un poco de magia y hacía que parecieran algo que no eran.

Hubiera requerido más imaginación de la que tenía para aplicar esa filosofía a mi monótona vida. Tras las clases de la mañana y antes de comenzar las de la tarde, nos encargaban realizar una tarea. La mía consistía en limpiar el estudio de los residentes del gremio que hubieran fallecido recientemente y clasificar sus desordenados libros de hechizos, encantamientos e incunables.

Era una actividad solitaria y tediosa. El maestro Tendixo era un coleccionista incurable de basura inservible, pero me reprendían cada vez que tiraba algo de mínimo valor. Poco a poco aprendí lo suficiente como para enviar cada una de las pertenencias al departamento apropiado: las pociones curativas a los maestros de restauración, los libros sobre fenómenos físicos a los maestros de alteración, las hierbas y los minerales a los alquimistas, las gemas de alma y los objetos vinculados a los encantadores. Después de uno de las entregas a los encantadores, salía sin que nadie me lo agradeciera, como era habitual, cuando el maestro Ilther me llamó.

"Chico", dijo el corpulento hombre dándome un objeto, "destruye esto".

Se trataba de un pequeño disco negro cubierto de runas con un anillo de gemas rojas y naranjas parecidas a huesos que rodeaban su exterior.

"Lo siento, maestro", tartamudeé, "creía que era algo que podría interesarle".

"Llévalo a la gran llama y destrúyelo", dijo estruendosamente dándome la espalda, "nunca lo has traído aquí".

Me picó la curiosidad, porque sabía qué era lo único que le haría reaccionar así: la nigromancia. Regresé a la habitación del maestro Tendixo y revolví sus notas buscando alguna referencia al disco. Por desgracia, la mayoría de sus apuntes estaban escritos en un extraño código que me fue imposible descifrar. Estaba tan fascinado con el misterio que casi llego tarde a la clase de encantamiento de por la tarde, impartida por el propio maestro Ilther.

Durante las siguientes semanas, me repartí el tiempo: catalogué la basura general, hice mis envíos e investigué sobre el disco. Comprendí que mi instinto era correcto: el disco era un artefacto nigromántico original. Pese a que no logré descifrar la mayoría de las notas del maestro, llegué a la conclusión de que él pensaba que era el medio de resucitar a un ser querido de la tumba.

Lamentablemente, llegó el momento en el que la habitación ya estaba catalogada y limpia, por lo que me asignaron otra tarea: ayudar en los establos de la reserva de animales salvajes del gremio. Al menos, por fin estaba trabajando con algunos de mis compañeros iniciados y tuve la oportunidad de conocer a gente del pueblo llano y a nobles que venían al gremio para hacer varios recados. Así que allí estaba yo trabajando cuando nos invitaron a todos al baile de los Relatos y Platos.

Por si el glamour esperado de la tarde no fuera suficiente, nuestra anfitriona tenía fama de ser una huérfana joven, rica y soltera de Páramo del Martillo. Hacía solo un mes o dos que se había mudado a nuestro rincón desolado y repleto de bosques de la Provincia Imperial para reclamar los terrenos y una antigua mansión de su familia. Los iniciados del gremio cotorreaban como viejas sobre el pasado de aquella misteriosa joven, sobre lo que le habría pasado a sus padres y lo que le habría hecho abandonar su tierra natal. Se llamaba Betaniqi, eso era lo único que sabíamos.

Íbamos vestidos con nuestras túnicas de iniciación, muy orgullosos, cuando llegamos al baile. En el enorme vestíbulo de mármol, un sirviente anunció cada uno de nuestros nombres como si formáramos parte de la realeza y nos pavoneamos entre los invitados dándonos mucha pompa. Por supuesto, unos y otros nos ignoraron rápidamente. Esencialmente, éramos personajes poco importantes que habían sido invitados para rellenar el baile. Éramos como extras.

La gente importante se abría paso entre nosotros con una educación impecable. Allí estaba la anciana lady Schadirra discutiendo asuntos diplomáticos de Balmora con el duque de Rimfarlin. Un señor de la guerra orco entretenía a una princesa de risita tonta, contándole historias sobre violaciones y pillaje. Tres de los maestros del gremio preocupaban a tres nobles solteras terriblemente delgadas hablando sobre las apariciones en Salto de la Daga. Se analizaban intrigas de la corte imperial y de las diversas cortes reales, algunos se burlaban de ellas amablemente, se inquietaban, brindaban, descartaban ideas, evaluaban, mitigaban, amonestaban y se trastornaban. Nadie nos miraba ni siquiera cuando estábamos a su lado. Era como si mis habilidades de ilusión de algún modo nos hubieran hecho invisibles.

Salí con mi jarra a la terraza. Las lunas se habían duplicado y brillaban con el mismo esplendor en el cielo y en la enorme piscina que las reflejaba en el jardín. Las blancas estatuas de mármol que se alineaban a los lados de la piscina atrapaban el implacable brillo y parecían arder como antorchas en la noche. La vista era tan espectacular que me quedé como hipnotizado y las extrañas siluetas de guardias rojos se inmortalizaron en piedra. Nuestra anfitriona se había mudado hacía tan poco tiempo que algunas de las esculturas todavía estaban envueltas en sábanas que ondeaban y se balanceaban con la suave brisa. No sé cuánto tiempo estuve mirando hasta que me percaté de que no estaba solo.

Ella era pequeña y oscura, lo era su piel y también su ropa, tanto que casi la tomé por una sombra. Cuando se volvió hacia mí, pude ver que era muy hermosa y joven, no tendría más de diecisiete años.

"¿Eres nuestra anfitriona?", pregunté finalmente.

"Sí", dijo sonriendo y sonrojándose, "sin embargo, me avergüenzo al admitir que no soy demasiado buena en esto. Debería estar dentro con mis nuevos vecinos, pero creo que tenemos muy poco en común".

"Está claro que tampoco esperan que comparta nada con ellos", reí. "Cuando sea algo más que un iniciado del gremio de magos, puede que me vean más como un igual".

"Todavía no comprendo el concepto de igualdad de Cyrodiil", dijo ella frunciendo el ceño. "En mi cultura, hay que probar la valía, no basta con suponerla. Mi padre y mi madre eran grandes guerreros, lo que yo espero ser".

Sus ojos se posaron en los jardines, en las estatuas.

"¿Representan esas esculturas a tus padres?"

"Aquel es mi padre Parion", dijo apuntando hacia la representación a tamaño real de un hombre muy fornido, descaradamente desnudo, que agarraba a otro guerrero por la garganta y se preparaba para decapitarle con una espada extendida. Se trataba de una representación claramente realista. La cara de Parion era normal, incluso ligeramente fea con una frente caída, una masa de pelo enredado y barba de dos días en sus mejillas. Incluso tenía un ligero hueco entre sus dientes, que seguramente ningún escultor se hubiera inventado excepto para hacer justicia a la verdadera idiosincrasia del modelo.

"¿Y tu madre?", pregunté, apuntando a una estatua cercana de una orgullosa y ligeramente achaparrada mujer guerrera con una mantilla y una cicatriz que sostenía a un niño.

"¡Oh! no", rió. "Esa es la vieja niñera de mi tío. La estatua de mi madre todavía está cubierta por una sábana".

No sé qué fue lo que me obligó a insistir para que descubriéramos la estatua que había señalado. Lo más seguro es que fuera fruto del destino y del deseo egoísta de continuar la conversación. Temía que si no le daba algo que hacer, ella sentiría la necesidad de volver a la fiesta y yo me quedaría solo de nuevo. Al principio, se mostró reacia. Todavía no había decidido si las estatuas tendrían que sufrir el clima húmedo y a veces frío de Cyrodiil. Quizás debería cubrirlas todas, meditó. Puede que simplemente tratara de conversar y estuviera reacia, al igual que yo, a terminar este momento y estar más cerca de tener que volver a la fiesta.

Unos minutos después, le quitamos la lona a la estatua de la madre de Betaniqi. En aquel momento mi vida cambió para siempre.

Era un salvaje espíritu de la naturaleza que gritaba mientras luchaba contra un personaje monstruoso y enorme de mármol negro. Sus preciosos y largos dedos arañaban el rostro de la criatura. Las garras del monstruo agarraban su pecho derecho como si fuera la caricia que precede a una herida mortal. Las piernas de ambas figuras se enroscaban en una pelea similar a un baile. Me sentí apabullado. La belleza de esta flexible y formidable mujer iba más allá de todos los estándares superficiales. Quien quiera que fuese el que la esculpió había capturado de algún modo no solo la cara y la silueta de una diosa, sino su poder y su voluntad. Era tanto trágica como triunfante. Para mi desgracia, me enamoré de ella al instante.

Ni siquiera me di cuenta de que Gelyn, uno de mis compañeros iniciados que dejaba la fiesta, había aparecido detrás de nosotros. Al parecer yo susurré la palabra "magnífica", porque oí a Betaniqi responder como si se encontrara a varias millas de distancia: "Sí, es magnífica, por eso no me atrevo a exponerla a los elementos".

Entonces, escuché claramente a Gelyn, como si fuera una piedra que cae en el agua: "¡Que Mara me guarde! Esa debe de ser Palla".

"¿Entonces has oído hablar sobre mi madre?", le preguntó Betaniqi volviéndose hacia él.

"Provengo de Quietud, prácticamente en la frontera con Páramo del Martillo. No creo que haya nadie allí que no haya oído hablar de tu madre y de su gran heroísmo, que libró a la tierra de esa bestia abominable. Murió en aquella lucha, ¿verdad?"

"Sí", dijo la chica con tristeza, "aunque también falleció la criatura".

Por un momento, permanecimos en silencio. No recuerdo nada más de aquella noche. De algún modo supe que me habían invitado a cenar la tarde siguiente, pero mi mente y mi corazón habían quedado completa y perpetuamente atrapados por la estatua. Volví al gremio, pero mis febriles sueños no me permitieron descansar. Todo parecía difuminado por una luz blanca, excepto la bella y temible mujer.

Palla.

¡Interferencia de bloqueo de anuncios detectada!


Wikia es un sitio libre de uso que hace dinero de la publicidad. Contamos con una experiencia modificada para los visitantes que utilizan el bloqueo de anuncios

Wikia no es accesible si se han hecho aún más modificaciones. Si se quita el bloqueador de anuncios personalizado, la página cargará como se esperaba.

También en Fandom

Wiki al azar