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La tarta y el diamante

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Información sobre el libro
ID 0001B262
Anterior La cabaña en los bosques
Siguiente La ciudad de piedra
Valor 5 Peso 1
Autor
Habilidad
Necesario para
Facción
Localización · Colegio de Hibernalia, Arcanaeum, en una repisa.
· Mistwatch, Torre Este, en un estante a la derecha de la entrada.
M letter.pnge encontraba en La rata y el cazo, una taberna para forasteros de Ald'ruhn. Conversaba con mis compañeros ratas, cuando la vi por primera vez. Es bastante habitual ver mujeres bretonas por La rata y el cazo. Parece que, como nación, tienen una gran inclinación a viajar lejos de sus atalayas de Roca Alta. Las ancianas bretonas, sin embargo, no son tan dadas a la migración. Aquí teníamos a una vieja ajada intentando llamar nuestra atención, paseándose por la estancia, hablando con todos.

Nimloth y Oediad estaban en su mesa de costumbre, y bebían lo de costumbre. Oediad estaba jactándose de cierto botín que había obtenido de forma ilícita: un diamante colosal, tan grande como la mano de un bebé y tan claro como el agua de un manantial. Yo lo estaba admirando, cuando oí el crujir de huesos viejos tras de mí.

"Tened un buen día, amigos", dijo la anciana. "Me llamo Abelle Chriditte, y necesito una ayuda económica para obtener transporte hacia a Ald Redaynia".

"Si quieres caridad, te convendría pasarte por el templo", dijo Nimloth secamente.

"No busco caridad", dijo Abelle. "Lo que busco es un trueque de servicios".

"Vas a hacer que me ponga enfermo, anciana", se rió Oediad.

"¿Has dicho que te llamabas Abelle Chriditte?" pregunté. "¿Tienes algún parentesco con Abelle Chriditte, la alquimista de Roca Alta?"

"Un gran parentesco", dijo riéndose para sí. "Somos la misma persona. ¿Tal vez queráis que os prepare alguna poción a cambio de oro? Por lo que he visto, estás en posesión de un diamante espléndido. Las cualidades mágicas de los diamantes son prácticamente ilimitadas".

"Lo siento, anciana, pero no pienso cambiarlo por magia. Ya me costó lo suyo robar este", dijo Oediad. "Conozco a un perista que me lo cambiará por oro".

"Pero ese perista tuyo te exigirá cierto porcentaje a cambio, ¿me equivoco? ¿Qué me dirías si te diese una poción de invisibilidad a cambio? A cambio de ese diamante, obtendrías los medios para robar muchos más. Un trato más que justo a cambio de mis servicios, diría yo".

"Lo sería si tuviera oro que darte", dijo Oediad.

"Aceptaré lo que quede de ese diamante una vez haya hecho la poción", dijo Abelle. "Si lo llevases al gremio de magos, tendrías que proveerles de todos los ingredientes y pagar por sus servicios. Pero yo he aprendido mi oficio en la naturaleza, donde no existían alquimistas que disolviesen los diamantes en polvo. Cuando una debe hacerlo a mano, por simple pericia, recibe restos que esos estúpidos cacharros cuecepociones del gremio simplemente se tragan".

"Todo eso suena muy bien", dijo Nimloth. "Pero, ¿cómo sabemos que tu poción funcionará? Si haces la poción y te marchas con el resto del diamante de Oediad, no sabremos si la poción funciona hasta después de haberte marchado".

"Ah, la confianza, qué bien más escaso en estos días", suspiró Abelle. "Supongo que podría hacerte dos pociones, y aun así me quedaría un trocito de diamante. No demasiado, pero tal vez lo suficiente como para llegar hasta Ald Redaynia. Así podrías probar la primera poción aquí y ahora, y ver si quedas satisfecho o no".

"Pero", intervine yo, "podrías hacer una poción que surta efecto y otra que no, y quedarte así con mayor parte del diamante. Hasta podría darte un veneno de acción lenta de forma que, para cuando ella llegase a Ald Redaynia, estarías muerto".

"¡Válgame Kynareth! ¡Sí que receláis los dunmer! Apenas me quedará diamante, pero podría haceros dos pociones de dos dosis cada una, de forma que podáis confirmar por vosotros mismos que la poción funciona y no tiene efectos adversos. Si aún no confiáis en mí, venid conmigo a mi mesa y contemplad cómo las elaboro, si eso os place".

Así, convinimos que yo acompañaría a Abelle a su mesa, donde tenía todo tipo de bolsas de viaje, llenas de hierbas y minerales, con el fin de cerciorarme de que no estaba haciendo dos pociones diferentes. La preparación fue de casi una hora, aunque ella me invitó amablemente a terminarme su jarra de vino mientras veía como trabajaba. Quebrar y pulverizar el diamante fue lo que más tiempo requirió. Una y otra vez pasó sus nudosas manos sobre la gema, entonando encantamientos antiguos y quebrando las facetas de la gema en trozos más y más pequeños. Aparte, Abelle preparó pastas de verde amargo picado, tubérculos rojos machacados de dell'arco spae y unas gotas de aceite de ciciliane. Mientras, me terminé el vino.

"Anciana", dije al fin suspirando. "¿Cuánto vas a tardar con esto? Empiezo a cansarme de verte trabajar".

"El gremio de magos ha engañado al populacho, haciéndoles creer que la alquimia es una ciencia", dijo. "Pero si estás cansado, descansa la vista".

Mis ojos se cerraron, al parecer por su propia iniciativa. Pero algo había en aquel vino. Algo que me hizo hacer lo que ella me pidió.

"Creo que elaboraré la poción en forma de galletas. Es más potente así. Ahora dime, joven, ¿qué harán tus amigos una vez les dé la poción?"

"Atracarte en las calles cuando sea de noche para arrebatarte el resto del diamante", me limité a decir. No quería decir la verdad, pero acababa de hacerlo.

"Eso me parecía, pero quería estar segura. Ya puedes abrir los ojos".

Abrí los ojos. Abelle acababa de dejar todo presentado en un plato de madera: dos galletas pequeñas y un cuchillo de plata.

"Coge las galletas y llévalas a la mesa", dijo Abelle. "Y no digas nada, limítate a estar de acuerdo con todo lo que diga".

E hice lo que me dijo. Era una sensación curiosa. No me importaba ser su marioneta. Por supuesto, pensándolo ahora, me siento ofendido. Pero entonces, obedecer sin vacilación me parecía perfectamente natural.

Abelle le dio las galletas a Oediad y yo verifiqué debidamente que ambas habían sido elaboradas de igual forma. Ella le sugirió que cortara una por la mitad, y que ella comería una porción y él la otra, para que así él supiera que surtían efecto y no estaban envenenadas. Oediad pensó que era una buena idea y usó el cuchillo de Abelle para cortar la galleta. Abelle cogió el trozo de la izquierda y se lo metió en la boca. Oediad cogió el trozo de la derecha y se lo tragó con más cautela.

Abelle y todas las bolsas que llevaba se desvanecieron casi al instante. A Oediad no le sucedió nada.

"¿Por qué le ha funcionado a la bruja y a mí no?", lamentó Oediad.

"Porque el polvo de diamante solo estaba en la parte izquierda de la hoja del cuchillo" dijo la vieja alquimista a través de mí. Pude sentir cómo su control sobre mí iba mermando conforme aumentaba la distancia y ella se alejaba, invisible y presurosa, por las oscuras calles de Ald'ruhn, alejándose de La rata y el cazo.

Nunca dimos con Abelle Chriditte ni con el diamante. Nadie sabe si llegó a completar su peregrinación a Ald Redaynia. Las galletas no tuvieron efecto alguno, salvo que Oediad sufrió un grave caso de diarrea que le duró casi una semana entera.

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