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Elder Scrolls

La habitación cerrada

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Información sobre el libro
ID 0001B019
Anterior Exceso de ladrones
Siguiente La Reina Loba, vol. 1
Valor 75 Peso 1
Autor
Habilidad Abrir cerraduras
Necesario para
Facción
Localización · Sala del tesoro de Alftand
· Cueva de Cronvangr
· Cueva de Ribera Melosa
Y letter.pngana era el tipo de estudiante que su mentor, Arthcamu, despreciaba: una novata profesional. En cambio, apreciaba a todos los delincuentes que solían ser sus pupilos en la fortaleza, desde el típico ladronzuelo hasta el más sofisticado de los chantajistas. Se trataba de niños y jóvenes con grandes aspiraciones profesionales a las que podían contribuir el arte y ciencia del robo. Siempre les interesaban las soluciones fáciles, el camino más corto, pero las personas como Yana siempre buscaban las excepciones, otras posibilidades, lo desconocido. Para las personas pragmáticas como Arthcamu, eso resultaba tremendamente molesto.

La doncella guardia roja podía pasarse horas delante de un cerrojo, hurgando en él con cables y ganzúas, jugando con los pernos y martillos, explorando el mecanismo con una sorpresa e interés que no poseía ningún otro delincuente. Mucho después de que sus demás compañeros de estudios hubieran abierto sus respectivos cerrojos de ensayo y pasado a otra cosa, Yana aún jugaba con el suyo. El hecho de que al final siempre consiguiera abrir su cerrojo, por muy complicado que fuera, irritaba aún más si cabe a Arthcamu.

“Complicas las cosas demasiado” gritaba, sacudiéndole las orejas. “La velocidad es fundamental, no solo el saber técnico. Estoy seguro de que, aunque pusiera la llave del cerrojo delante de tus narices, aún así no lo abrirías.”

Yana soportaba los insultos de Arthcamu con filosofía. Después de todo, le había pagado por adelantado. La velocidad era, sin duda, un factor importante para el ladrón que intentaba entrar en un lugar en el que se supone que no entraría con la guardia de la ciudad patrullando a sus espaldas, aunque Yana sabía que esto no iba con ella. Ella solo deseaba aprender.

Arthcamu hizo todo lo que estaba en su mano para empujar a Yana a ser más rápida. Ella parecía crecer con sus golpes físicos y verbales, y cada vez pasaba más y más tiempo en cada cerrojo, estudiando sus idiosincrasias y personalidades. Llegó un momento en el que no pudo soportarlo más. Casi de noche, después de que Yana hubiera perdido bastante tiempo en un cerrojo común, agarró a la muchacha por la oreja y la arrastró a una habitación dentro de la fortaleza, lejos de los otros estudiantes, un lugar en el que les estaba prohibido entrar.

La habitación estaba completamente vacía, salvo por una caja situada en el centro. No había ventanas ni puertas, salvo la que conducía a ella. Arthcamu la empujó contra la caja y cerró la puerta a sus espaldas. Se oyó un característico clic en el cerrojo.

“Esta es la prueba para mis estudiantes veteranos”, dijo entre risas desde detrás de la puerta. “Veamos si eres capaz de salir.”

Yana sonrió y comenzó su lento proceso, como de costumbre, comunicándose con el cerrojo, sacándole información. Pasados unos minutos, escuchó otra vez la voz de Arthcamu desde detrás de la puerta.

“Quizás debieras saber que esta es una prueba de velocidad. ¿Ves la caja a tus espaldas? En ella está encerrado un viejo vampiro que ha estado aquí preso durante meses. Y está verdaderamente famélico. Dentro de unos minutos, el sol se pondrá, y si no consigues abrir la puerta, no serás más que un pellejo sin sangre.”

Yana dudó por un momento si Arthcamu estaría bromeando o no. Sabía que era un hombre malvado y horrible, pero de ahí a utilizar el asesinato como recurso didáctico... En el momento en que escuchó un eco dentro de la caja, sus dudas se esfumaron. Pasando por alto sus pruebas habituales, insertó un cable en el cerrojo, empujó las clavijas contra la placa del gatillo y abrió la puerta de un golpe.

Arthcamu esperaba en el pasillo, riendo con crueldad. “Así que has aprendido el valor del trabajo rápido.”

Yana salió corriendo de la fortaleza de Arthcamu, conteniendo sus lágrimas. Estaba seguro de que no seguiría siendo su alumna, pero aún así consideraba que le había enseñado una lección muy importante. Cuando volvió a la mañana siguiente, Arthcamu no pareció sorprendido, pero por dentro se lo llevaban los demonios.

“Me marcharé en breve”, dijo la muchacha sosegadamente. “Creo que he desarrollado un nuevo tipo de cerradura y sería estupendo si me pudieras dar tu opinión.”

Arthcamu se encogió de hombros y le pidió que le mostrara su diseño.

“Me pregunto si podría utilizar la habitación del vampiro para instalar el cerrojo. Creo que una demostración práctica sería más efectiva.”

Arthcamu vacilaba, aunque la perspectiva de que la fastidiosa joven se marchara lo puso de buen humor, incluso indulgente. Accedió a su petición de entrar en la habitación. Durante toda la mañana y parte de la tarde trabajó junto al vampiro durmiente, sacando el viejo cerrojo y colocando su nuevo prototipo. Por último, le pidió a su viejo maestro que le echara un vistazo.

Examinó el cerrojo como experto en la materia y no encontró nada extraordinario en él.

“Este es el primer y único cerrojo a prueba de robos”, le explicó Yana. “La única forma de abrirlo es tener la llave correcta.”

Arthcamu se burló y dejó que Yana cerrara la puerta, encerrándolo en la habitación. La puerta hizo clic y él se puso manos a la obra. Para su asombro, el cerrojo era mucho más difícil de lo que se había imaginado. Probó todas las formas posibles para forzarlo y se dio cuenta de que tendría que hacer uso del método de su detestada estudiante e investigar concienzuda y pausadamente el mecanismo.

“Ahora tengo que irme”, dijo Yana desde el otro lado de la puerta. “Voy a traer a los guardias de la ciudad a la fortaleza. Sé que las normas lo prohíben, pero creo que por el bien de los aldeanos no puede dejarse libre a un vampiro hambriento. Está anocheciendo y, aunque no consigas abrir la puerta, al vampiro seguro que no le importa usar la llave para abrirla. Recuerda lo que me dijiste: “Estoy seguro de que, aunque pusiera la llave del cerrojo delante de tus narices, aún así no lo abrirías.”

“¡Espera!”, gritó Arthcamu. “¡Usaré la llave! ¿Dónde está? ¡Te olvidaste de dármela!”

Pero no hubo respuesta, solo el sonido de los pasos que desaparecían por el pasillo detrás de la puerta. Arthcamu se puso a trabajar con ahínco en el cerrojo, pero sus manos temblaban por el miedo. Al no haber ventanas, era imposible adivinar cuánto tiempo había pasado. ¿Pasaban los minutos o las horas? Solo sabía que el viejo vampiro lo sabría bien.

Las herramientas no aguantarían mucho más torciéndose y golpeando en las manos sin sosiego de Arthcamu. El cable se partió dentro del cerrojo, igual que le habría pasado a un estudiante. Arthcamu gritó y aporreó la puerta, pero sabía que nadie podía escucharle. Mientras tomaba aliento y tragaba saliva para continuar gritando, escuchó con nitidez el chirrido de la caja que se abría tras él.

El viejo vampiro escrutó al maestro cerrajero con una mirada de loco, hambrienta, y se abalanzó sobre él con frenesí. Antes de que Arthcamu muriera, lo vio: la llave colgaba de la cadena que le habían colocado al vampiro mientras dormía.

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