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La flecha negra, Segunda parte

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Información sobre el libro
ID
Anterior La flecha negra, Primera parte
Siguiente El libro de los daedra
Valor 150 Peso 1
Autor Gorgic Guine
Habilidad Arquería
Necesario para
Facción
Localización
E letter.pngn la última cena que serví como empleado de palacio, la duquesa había invitado, para sorpresa de todos, al alcalde de Moliva y al mismísimo maestro Hiomaste, además de al resto de invitados. Los sirvientes no paraban de cotillear. A pesar de que el alcalde había sido invitado otras veces, aunque no de forma periódica, la presencia de Hiomaste era algo inesperado. ¿Qué querría transmitir la duquesa con semejante gesto conciliador?

La cena se desarrolló de forma civilizada, aunque con cierta frialdad por parte de los asistentes. Tanto Hiomaste como la duquesa permanecieron muy callados. El alcalde trató de animar al grupo hablando sobre Uriel, el nuevo hijo y heredero del emperador Pelagio IV, pero no consiguió despertar demasiado interés. Lady Villea, de más edad pero mucho más alegre que su hermana la duquesa, hizo que la conversación girara en torno a la delincuencia y los escándalos de Raíz de Elden.

"Llevo años aconsejándole que se vaya al campo, lejos de todos los sucesos desagradables", afirmó la duquesa, mientras sostenía la mirada del alcalde. "Hace poco hemos estado debatiendo la posibilidad de construirle un palacio en las colinas de Moliva, aunque, como sabéis, allí hay muy poco espacio. Por suerte, acabamos de hacer un descubrimiento. Hay un amplio terreno a tan solo unos días al oeste de aquí, a la orilla del río, que es justo lo que estábamos buscando".

"Parece estupendo", sonrió el alcalde volviéndose hacia lady Villea. "¿Cuándo comenzarás a construir, señora?"

"El mismo día en que traslades tu aldea a ese lugar", respondió la duquesa de Woda.

El alcalde se volvió para ver si estaba bromeando, pero obviamente no era el caso.

"Piensa en todo el comercio que llegaría a la aldea si se encontrara próxima al río", dijo jovialmente lady Villea, "y los estudiantes del maestro Hiomaste podrían acceder con más facilidad a su maravillosa escuela. Todo el mundo se beneficiaría. Sé que el corazón de mi hermana se aliviaría si entraran menos intrusos y cazadores furtivos en sus tierras".

"Ilustrísima, actualmente no hay ni caza furtiva ni intrusos en sus tierras", dijo Hiomaste frunciendo el ceño. "No eres la propietaria del bosque, ¿verdad? No sé si lograrás persuadir a los aldeanos de que se marchen, pero mi escuela se quedará donde está".

La cena no volvió a recuperar su alegría. Hiomaste y el alcalde se excusaron, y mis servicios ya no fueron necesarios en el salón al que se trasladó el grupo para tomar algo. Aquella noche no se oyó ni una risa a través de las paredes.

Al día siguiente, pese a que había una cena planeada para esa misma noche, salí a dar mi paseo habitual hacia Moliva. Antes de que llegara al puente, el guardia me detuvo, y me dijo: "¿Adónde vas, Gorgic? ¿No será a la aldea, verdad?"

"¿Por qué no?"

Apuntó a la columna de humo que se veía a lo lejos: "Esta mañana temprano se desató un incendio que todavía no han conseguido extinguir. Al parecer se inició en la escuela del maestro Hiomaste. Parece obra de algún grupo de bandidos de paso".

"¡Bendito Stendarr!", grité. "¿Han podido salvarse los estudiantes?"

"No se sabe, pero sería un milagro que hubieran sobrevivido. Era tarde y casi todos estaban durmiendo. Sé que ya han encontrado el cuerpo del maestro, o lo que queda de él. Y también a esa chica, tu amiga Prolyssa".

Me pasé todo el día conmocionado. Lo que me decía mi instinto me parecía algo inconcebible: que las dos ancianas y nobles damas, lady Villea y la duquesa de Woda, lo habían organizado todo para que la aldea y la escuela que tanto les molestaban quedaran reducidas a cenizas. Durante la cena, mencionaron brevemente el incendio de Moliva, sin darle mayor importancia al suceso. Sin embargo, pude ver sonreír por primera vez a la duquesa. Fue una sonrisa que no olvidaré hasta que me muera.

A la mañana siguiente, decidí ir a la aldea para ver si podía ayudar a los supervivientes. Al pasar por la sala del servicio para dirigirme al gran vestíbulo, oí el barullo de un grupo de gente. Los guardias y la mayoría de los sirvientes se encontraban allí, y apuntaban al retrato de la duquesa que colgaba en el centro de la sala.

Una saeta negra de ébano atravesaba el cuadro justo en el corazón de la duquesa.

La reconocí al instante; se trataba de una de las flechas de Missun Akin. La había visto en su carcaj y, según contaba, la habían forjado en las mismísimas entrañas de Dagoth-Ur. Mi primera reacción fue de alivio: el dunmer que había sido tan amable conmigo al traerme hasta el palacio había sobrevivido al incendio. Mi segunda reacción fue la misma que la de todos los presentes: ¿cómo había conseguido aquel vándalo pasar a los guardias, la verja, el foso y el inmenso portón de hierro?

La duquesa llegó poco después que yo, claramente furiosa, pero demasiado bien educada como para demostrarlo, excepto por un ligero levantamiento de sus finísimas cejas. No tardó en asignar a todos sus sirvientes nuevas tareas para que el palacio estuviera vigilado en todo momento. Nos encomendaron una serie de turnos regulares y patrullas precisas y cortas.

A la mañana siguiente, pese a todas las precauciones, otra flecha negra atravesaba el retrato de la duquesa.

Y así ocurrió durante una semana. La duquesa ordenó que al menos una persona estuviera siempre presente en el vestíbulo, pero, pese a todo, la flecha siempre lograba llegar hasta el cuadro cuando el guardia desviaba su mirada por un momento.

Se inventaron una serie de complejas señales para que cada patrulla pudiera informar de cualquier ruido o alteración que encontrara durante la vigilancia. Al principio, la duquesa decidió que el administrador del castillo recibiera los informes de las alteraciones sufridas durante el día y el jefe de la guardia los de la noche. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que era incapaz de dormir, se aseguró de que la información llegara a ella directamente.

El ambiente del castillo pasó del pesimismo a un entorno de pesadilla. Si una serpiente se deslizaba por el foso, su ilustrísima pasaba como un tornado por el ala este para investigar. Una fuerte ráfaga de viento que moviera las hojas de uno de los escasos árboles del jardín provocaba un estado de emergencia similar. Un desafortunado viajero solitario que pasó por el camino frente al palacio y que resultó ser totalmente inocente, provocó una reacción tan violenta que debió de pensar que se había topado con una guerra. Y, en cierto modo, sí que se había encontrado con una.

Cada mañana hallábamos una nueva flecha burlona en la sala principal.

Me asignaron la terrible tarea de vigilar el retrato durante unas cuantas horas por la mañana temprano. Esperaba no ser el que se encontrara la flecha, así que me senté en una silla frente al cuadro, sin apartar la vista de él ni por un segundo. No sé si habréis experimentado alguna vez lo que es mirar a un objeto fijamente y sin descanso, pero produce un efecto extraño. El resto de los sentidos desaparecen. Por eso me asusté especialmente cuando la duquesa entró apresuradamente en la sala, haciendo que la confundiera con su retrato.

"¡Algo se está moviendo detrás de un árbol al otro lado del camino, frente a la puerta!", bramó, mientras me empujaba a un lado y trataba de introducir torpemente su llave en la cerradura dorada.

Temblaba a causa de la locura y el nerviosismo, y la llave parecía no querer entrar. Me acerqué para ayudarla, pero la duquesa ya se había arrodillado, poniendo el ojo a la altura de la cerradura para asegurarse de que la llave entrara.

En ese preciso segundo llegó la siguiente flecha, aunque esta vez no alcanzó el cuadro.

Me topé con Missun Akin años después, mientras me encontraba en Morrowind para actuar ante unos nobles. Quedó impresionado de que hubiera llegado a ser un bardo de renombre tras trabajar de humilde sirviente doméstico. Él había vuelto a Cenicia y, al igual que su viejo maestro Hiomaste, se había retirado para dedicarse a la sencilla vida de la enseñanza y la caza.

Le comenté que, según los rumores, lady Villea había decidido no dejar la ciudad y que la aldea de Moliva se había reconstruido. Se alegró al oírlo, pero no fui capaz de pedirle que me aclarara lo que quería saber en realidad. Me sentía como un tonto preguntándome si lo que yo pensaba era cierto, que había permanecido tras el árbol de Prolyssa, al otro lado del camino frente a la puerta, cada mañana de aquel verano, y si desde allí disparaba una flecha que traspasaba la verja, los jardines, el foso y atravesaba el agujero de la cerradura para dar en el retrato de la duquesa de Woda, hasta que acertó a la propia duquesa. Me parecía algo totalmente imposible, por lo que decidí no preguntarle.

Aquel día, mientras nos despedíamos y me decía adiós con la mano, Akin comentó: "Me agrada ver que te va tan bien, amigo mío. Me alegro de que movieras esa silla".

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