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La dote

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Información sobre el libro
ID 0001ACF2
Anterior El código de Malacath
Siguiente Reanálisis de la paradoja dragontina
Valor 11 Peso 1
Autor Marobar Sul
Habilidad
Necesario para
Facción
Localización
R letter.pngelatos antiguos de los dwemer, Décima parte
Y letter.pngnaleigh era el hacendado más rico de Gunal y, con los años, había acumulado una formidable suma para el hombre que desposara a su hija Genefra. Cuando Genefra alcanzó la edad de casarse, escondió todo el oro en un lugar seguro y anunció su intención de ofrecerla en matrimonio. Genefra era una muchacha bonita, estudiosa y atlética, pero de aspecto serio y adusto. Esta particularidad de su carácter no afectó a sus pretendientes lo más mínimo, como tampoco lo hicieron sus demás cualidades. Todos sabían la inmensa riqueza que disfrutaría aquel que se convirtiera en marido de Genefra y yerno de Ynaleigh. Esto fue suficiente para que cientos de galanes llegaran a Gunal para cortejarla.

"Para evitar que el hombre que despose a mi hija", dijo Ynaleigh a los presentes, "lo haga por pura avaricia, deberá demostrarme primero que dispone de suficientes riquezas".

Bastaron estas simples palabras para que se retirara la mayoría de los allí reunidos, puesto que sabían que no podrían impresionar al hacendado con sus míseras fortunas. Durante los días siguientes llegaron cerca de una docena de pretendientes en suntuosos carruajes, vestidos con sus mejores galas y acompañados por sirvientes exóticos. De todos los que recibieron la aprobación de Ynaleigh, Welyn Naerillic fue quien más destacó por su grandeza. El joven, de quien nadie había oído hablar antes, llegó en una carroza de ébano tirada por varios dragones, con ropas nunca vistas y acompañado por todo un séquito de sirvientes de lo más fantástico: ayudas de cámara con varios ojos o criadas que parecían hechas de piedras preciosas. Las gentes de Gunal se quedaron boquiabiertas.

Para Ynaleigh, sin embargo, esto no era suficiente.

"El hombre que despose a mi hija debe demostrar su inteligencia, pues no estoy dispuesto a tener a un ignorante como yerno ni como socio", apuntó.

Esta condición cribó a gran parte de los pretendientes, ya que, precisamente por su acaudalada fortuna, nunca se habían visto obligados a utilizar su intelecto en demasía. Algunos más se presentaron unos días más tarde. Para mostrar su ingenio y sabiduría, citaron a los sabios más grandes de todos los tiempos y explicaron sus filosofías metafísicas y alquímicas. Welyn Naerillic también se personó e invitó a cenar a Ynaleigh en la villa que había alquilado a las afueras de Gunal. Ynaleigh se sorprendió al ver a decenas de escribas trabajando en traducciones de tratados aldmeri y le hizo gracia comprobar la irreverente aunque intrigante inteligencia del joven.

A pesar de Welyn Naerillic le había impresionado gratamente, aún le faltaba un requisito más por cumplir.

"Quiero muchísimo a mi hija", dijo Ynaleigh, "y deseo que el hombre que la despose la haga feliz. A quien le saque una sonrisa, le entregaré gustoso tanto su mano como su dote".

Los pretendientes hicieron cola durante días para cantarle canciones, proclamar su devoción y describir su belleza de las formas más poéticas. Genefra se limitaba a contemplarlos con cierta aversión y melancolía. Ynaleigh, siempre a su lado, empezaba a desesperarse, ya que nadie parecía superar esta última prueba. Finalmente, le tocó el turno a Welyn Naerillic.

"Yo haré sonreír a vuestra hija", dijo al entrar en la sala. "Incluso me atrevo a asegurar que la haré reír a carcajadas, pero solo cuando sea aceptado como yerno. Si una hora después de nuestro compromiso ella sigue sin estar convencida, la boda puede anularse".

Ynaleigh se volvió hacia su hija. Aunque no estaba sonriendo, podía leerse cierta curiosidad morbosa en el brillo de su mirada. Como nadie más había logrado algo parecido, aceptó.

"Naturalmente, entregaré la dote cuando estéis casados", dijo Ynaleigh. "No basta con estar comprometidos".

"¿Podría ver la dote de todas formas?", preguntó Welyn.

Ynaleigh era consciente de la fascinación que producía su tesoro y, dado que este hombre parecía ser quién más se acercaría a poseerlo, accedió a su petición. La verdad es que ya había empezado a apreciar a este tal Welyn. Tras dar las órdenes pertinentes, Welyn, Ynaleigh, la apagada Genefra y el capataz se adentraron en las profundidades de la fortaleza. Para pasar la primera cámara acorazada había que tocar varias runas en un orden determinado. Si se producía algún error, se dispararían varias flechas envenenadas hacia el ladrón. Ynaleigh se enorgullecía especialmente del siguiente mecanismo de seguridad: una cerradura con dieciocho pestillos, afilados como cuchillas, que se abría girando simultáneamente tres llaves distintas. Si se intentaba forzar cualquiera de los pestillos, sus afilados bordes destriparían al incauto. Finalmente, llegaron a la cámara del tesoro.

Y esta estaba completamente vacía.

"¡Por Lorkhan, nos han robado!", gritó Ynaleigh. "Pero, ¿cómo es posible? ¿Quién ha podido hacerlo?"

"Un humilde aunque, si se me permite decirlo, bastante habilidoso ladrón", dijo Welyn. "Un hombre que ha amado a vuestra hija desde hace años, pero que no posee ni la grandeza ni los conocimientos necesarios para impresionaros. Al menos, así era, hasta que vuestro oro me dio la oportunidad".

"¿Tú?", bramó Ynaleigh, incapaz de creerlo. Y entonces ocurrió lo realmente increíble.

Genefra empezó a reírse. Nunca en su vida se había imaginado que podría conocer a alguien así. Se lanzó a sus brazos ante la enojada mirada de su padre, quien tras breves instantes, también comenzó a reír.

Genefra y Welyn se casaron un mes después. Aunque Welyn disponía de poca cosa y su educación dejaba bastante que desear, Ynaleigh se quedó sorprendido al ver cómo lo estaba ayudando a aumentar sus riquezas. Evitó, sin embargo, preguntarle de dónde provenía tanto oro. [pagebreak] Nota del editor:

Los relatos sobre pretendientes que, para conseguir la mano de una doncella, son puestos a prueba por su padre (normalmente un hombre rico o un rey) suelen abundar. Como ejemplo reciente tenemos la obra de Jole Yolivess "Cuatro pretendientes de Benitah". El comportamiento de los personajes en este relato se aleja bastante del carácter dwemer. Nadie conoce realmente las costumbres matrimoniales de los dwemer, ni siquiera se sabe a ciencia cierta si contraían matrimonio.

Tanto de este relato como de otros cuentos de Marobar Sul, se desprende una extraña teoría sobre la desaparición de los enanos que afirma que, en realidad, nunca abandonaron Nirn, ni mucho menos el continente de Tamriel, sino que aún se encuentran entre nosotros, aunque enmascarados. Los eruditos se sirven de la historia de "Azura y la caja" para sugerir que los dwemer temían a un ser que no podían comprender ni controlar, Azura, y que adoptaron la vestimenta y las costumbres de los chimer y altmer para ocultarse del mismo.

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