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La Reina Loba, Libro tercero

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Información sobre el libro
ID 0001AFFB
Anterior La Reina Loba, Libro segundo
Siguiente La Reina Loba, Libro cuarto
Valor 4 Peso 1
Autor
Habilidad
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Facción
Localización
D letter.pnge la pluma del sabio Montocai del primer siglo de la Tercera Era
A letter.pngño 98 de la Tercera Era

El emperador Pelagio Septim II murió unas semanas antes de final de año, el 15 de Estrella vespertina, durante el festival de la Oración del Viento del Norte, lo que se consideró un mal presagio para el Imperio. Había gobernado durante diecisiete difíciles años. Con el propósito de llenar las vacías arcas, Pelagio disolvió el consejo de ancianos obligándoles a pagar para conseguir de nuevo sus puestos, con lo que varios consejeros eficientes, aunque pobres, tuvieron que renunciar. Muchos fueron los que afirmaron que el emperador había muerto tras ser envenenado como represalia por un antiguo miembro del consejo.

Sus hijos asistieron al funeral y a la coronación del siguiente emperador. El hijo menor, el príncipe Magnus de 19 años de edad, llegó de Almalexia, donde ejercía la función de consejero de la corte real. El príncipe Céforo, de 21 años de edad, llegó de Gilane con su esposa guardia roja, la reina Bianki. El príncipe Antíoco de 43 años, el mayor de sus hijos y presunto heredero, se encontraba con su padre en la Ciudad Imperial. La última en aparecer fue su única hija, Potema, la llamada Reina Loba de Soledad. Con sus treinta años de edad y una arrebatadora belleza, Potema se presentó acompañada de un magnífico séquito junto a su marido, el anciano rey Mantiarco, y su hijo Uriel, de un año de edad.

Todos pensaban que sería Antíoco quien asumiera el trono del Imperio, pero nadie sabía qué esperar de la Reina Loba.


Año 99 de la Tercera Era "Lord Vhokken ha estado llevando a diversos hombres a los aposentos de tu hermana, ya entrada la noche, todos los días de esta semana", le comunicó el maestro espía. "Quizás si su marido estuviera al corriente..."

"Mi hermana es una devota de los dioses conquistadores Reman y Talos y no de la diosa del amor Dibella. Está conspirando con esos hombres, no manteniendo orgías con ellos. Me apuesto lo que sea a que yo he dormido con más hombres que ella", rió Antíoco y, a continuación, se puso serio. "Está intentando que el consejo retrase el momento de ofrecerme la corona, lo sé. Ya han pasado seis semanas. Dicen que tienen que actualizar los informes y preparar la coronación. ¡Yo soy el emperador! ¡Coronadme y a Oblivion con las formalidades!"

"Seguramente tu hermana no te tiene en gran estima, majestad, pero hay otros factores en juego. No olvides cómo trató tu padre al consejo. Son ellos a los que habría que seguir y, si fuera necesario, convencer por la fuerza", añadió el maestro espía mientras hacía el amago de apuñalar con su daga.

"Hazlo, pero sigue echándole un ojo a la detestable Reina Loba también. Sabes dónde encontrarme".

"¿En qué burdel, alteza?", preguntó el maestro espía.

"Hoy es fredas... estaré en el Gato y el trasgo".

El maestro espía anotó en su informe de esa noche que la reina Potema no recibió visitas porque estuvo cenando frente los jardines imperiales en el Palacio Azul con su madre, la emperatriz viuda Quintilla. Era una noche cálida para ser invierno y sorprendentemente despejada pese a que el día había sido tormentoso. El saturado suelo no podía absorber más agua, por lo que parecía que los sobrios y estructurados jardines habían cristalizado con el agua. Las dos mujeres bebieron vino en la amplia terraza que daba a los jardines.

"Creo que estás tratando de sabotear la coronación de tu hermanastro", dijo Quintilla, sin mirar a su hija. Potema vio cómo los años no habían arrugado demasiado a su madre, pese a que la habían descolorido como si fuera una piedra al sol.

"Eso no es cierto", dijo Potema. "Sin embargo, ¿te molestaría mucho si fuese verdad?"

"Antíoco no es mi hijo. Tenía once años cuando me casé con tu padre y nunca hemos estado unidos. Creo que el hecho de ser el presunto heredero atrofió su crecimiento. Ya es lo suficientemente adulto como para tener una familia y criar hijos, y aún pasa el tiempo de forma libertina y fornicando. No será un emperador demasiado bueno", comentó Quintilla volviéndose después hacia Potema. "Sin embargo, es malo para la familia que se siembren las semillas del descontento. Es fácil dividirse en fracciones, pero muy difícil volver a unirse. Temo por el futuro del Imperio".

"Todo eso suena a las palabras de... ¿Madre, por casualidad, no te estarás muriendo?"

"He visto lo que nos depara el futuro", dijo Quintilla con una sonrisa vaga e irónica. "Recuerda que yo era una hechicera de renombre en Camlorn. Moriré en unos meses, y después, en menos de un año, tu marido me seguirá. Lo único que siento es que no estaré viva para ver cómo tu hijo Uriel sube al trono de Soledad".

"¿Has visto si...?", Potema se detuvo, ya que no quería revelar demasiado sobre sus planes, ni siquiera a una mujer moribunda.

"¿Si será emperador? Sí, también conozco la respuesta a esa pregunta, hija. No temas: vivirás para ver la respuesta, sea esta la que sea. Tengo un regalo para él para cuando sea mayor", dijo la emperatriz viuda mientras se quitaba del cuello una gargantilla con solo una gran gema amarilla engarzada. "Es una gema del alma que porta el espíritu de un gran hombre lobo al que tu padre y yo vencimos en una batalla hace treinta y seis años. La he encantado con hechizos de la escuela de ilusión, por lo que el portador podrá encandilar a la persona que elija. Una habilidad importante para un rey".

"Y un emperador", dijo Potema, cogiendo la gargantilla. "Gracias madre".

Una hora después, Potema vio una oscura silueta que pasaba entre las negras ramas de los arbustos esculpidos y que se desvaneció entre las sombras que formaban los aleros cuando oyó que ella se aproximaba. Había notado que la habían seguido antes: era uno de los peligros de la vida en la corte imperial. Sin embargo, este hombre estaba demasiado cerca de sus aposentos. Deslizó la gargantilla por su cuello.

"Sal adonde te pueda ver", ordenó.

El hombre emergió de las sombras. Era un individuo pequeño y oscuro de mediana edad, vestido con una piel de cabra seca y ennegrecida. Sus ojos la miraban fijamente, helados por el hechizo.

"¿Para quién trabajas?"

"El príncipe Antíoco es mi amo", dijo con una voz como adormecida, "soy su espía".

Se le ocurrió un plan. "¿Está el príncipe en su estudio?"

"No, señora".

"¿Y tú puedes acceder a él?"

"Sí, señora".

Potema sonrió ampliamente. Lo tenía. "Llévame hasta allí".

A la mañana siguiente, la tormenta volvió con toda su furia. El sonido de la lluvia, que caía a cántaros, golpeando las paredes y el techo, era como una agonía para Antíoco, quien había descubierto que ya no disponía de aquella inmunidad juvenil para soportar el acostarse tarde y bastante bebido. Le pegó un fuerte empujón a la joven argoniana con la que compartía cama.

"Sé útil y cierra la ventana", gruñó.

En cuanto cerró la ventana, llamaron a la puerta. Era el maestro espía. Sonrió al príncipe tendiéndole una hoja de papel.

"¿Qué es esto?", dijo Antíoco a la vez que entornaba los ojos. "Debo de estar bebido; parece orco".

"Creo que te será útil, majestad. Tu hermana ha venido a verte".

A Antíoco se le pasó por la cabeza la idea de vestirse y echar a su compañera de cama, aunque prefirió no hacerlo. "Hazla pasar. Vamos a escandalizarla".

Si Potema se escandalizó, no lo demostró. Vestida con tiras de seda plateada y naranja, entró en la habitación con una sonrisa triunfante, seguida de un hombre que parecía una montaña... Lord Vhokken.

"Querido hermano, ayer por la noche hablé con mi madre y me aconsejó muy sabiamente. Me comentó que no debía luchar contigo en público por el bien de nuestra familia y del Imperio. Así pues", dijo mientras sacaba de un doblez de su vestido un trozo de papel, "te permitiré elegir".

"¿Elegir?", dijo Antíoco devolviéndole la sonrisa. "Eso suena bastante amigable".

"Abdica tus derechos al trono imperial de forma voluntaria y no será necesario que le enseñe esto al consejo", dijo Potema entregándole a su hermano la carta. "Es una carta con tu sello en la que se expone que sabes que tu padre no era Pelagio Septim II, sino el administrador real Fondoukth. Ahora, antes de que te niegues a firmar la carta, sé consciente de que no podrás frenar los rumores, ni evitar que el consejo imperial crea que tu padre, ese viejo estúpido, fuera un cornudo. Sea verdad o no, sea esta carta un fraude o no, el escándalo arruinará tus posibilidades de ser emperador".

El rostro de Antíoco palideció de rabia.

"No temas, hermano", dijo Potema, arrebatándole la carta de sus temblorosas manos, "yo me ocuparé de que tengas una vida cómoda, con todas las prostitutas que tu corazón o cualquier otro órgano de tu cuerpo desee".

De repente, Antíoco rió. Miró a su maestro espía y le guiñó el ojo. "Recuerdo cuando me robaste mi colección de literatura erótica khajiita y me chantajeaste; eso fue hace casi veinte años. Ahora disponemos de mejores cerrojos, lo has debido de notar. Debió de reconcomerte el hecho de no poder servirte de tus habilidades para conseguir lo que querías".

Potema se limitó a sonreír. Aquello no importaba, lo tenía.

"Has debido de encantar a mi sirviente para acceder a mi estudio y poder usar mi sello", sonrió Antíoco con satisfacción. "¿Se trata quizás de un hechizo de tu madre la bruja?"

Potema continuó sonriendo. Su hermano era más inteligente de lo que pensaba.

"¿Sabías que los encantamientos, incluso los más poderosos, no duran demasiado? Por supuesto que no. Nunca se te dio bien la magia. Permíteme decirte que un salario generoso es una motivación más fuerte para conseguir que un sirviente permanezca mucho tiempo a tu lado, hermana", dijo Antíoco sacando su propia hoja de papel. "Ahora te permito elegir".

"¿Qué es eso?", dijo Potema con una sonrisa vacilante.

"Parece una tontería, pero si sabes lo que estás buscando, todo queda muy claro. Es una hoja de papel de lo más práctico: tu caligrafía tratando de parecerse a la mía. Es uno de tus mejores dones. Me pregunto si no habrás hecho ya esto antes... imitar la escritura de otra persona. Tengo entendido que encontraron una carta de la difunta esposa de tu marido en la que decía que su primer hijo era bastardo. Me pregunto si escribiste esa carta. Me inquieta qué pasaría si le mostrara esta prueba de tu don a tu marido, si creería que escribiste aquella carta. En el futuro, querida Reina Loba, no utilices dos veces la misma trampa".

Potema sacudió su cabeza, furiosa, incapaz de pronunciar palabra.

"Dame tu falsificación y ve a dar un paseo bajo la lluvia. Y, después, más tarde, deshaz todas las conspiraciones que hayas tramado para apartarme del trono", dijo Antíoco mirando fijamente a los ojos de Potema. "Yo seré emperador, Reina Loba. Y ahora, vete".

Potema le entregó a su hermano la carta y salió de la habitación. Por unos instantes, fuera, en el recibidor, no dijo nada. Simplemente miró los pequeños ríos de agua de lluvia que resbalaban por el muro de mármol desde una pequeña e invisible grieta.

"Sí, lo serás, hermano", dijo. "Pero no por mucho tiempo".

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