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La Reina Loba, Libro quinto

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Información sobre el libro
ID 0001B024
Anterior La Reina Loba, Libro cuarto
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Valor 4 Peso 1
Autor
Habilidad
Necesario para
Facción
Localización Prisión Fort Amol, en el suelo a la derecha de la entrada.
D letter.pnge la pluma de Inzolico, sabio del segundo siglo y estudiante de Montocai
A letter.pngño 119 de la Tercera Era

Durante veintiún años, el emperador Antíoco Septim gobernó Tamriel, demostrando ser un gran líder a pesar de su falta de moral. Su mayor victoria tuvo lugar en la Guerra de la Isla en el año 110, cuando la flota imperial y las armadas reales de la isla de Estivalia, junto con los poderes mágicos de la Orden Psijic, consiguieron derrotar a la armada de Pyandonea. Sus hermanos, el rey Magnus de Lilmoth, el rey Céforo de Gilane y Potema, la Reina Loba de Soledad, gobernaron justamente, por lo que las relaciones entre el Imperio y los reinos de Tamriel mejoraron notablemente. Sin embargo, tantos siglos de abandono no curaron todas heridas existentes entre el Imperio y los reinos de Roca Alta y Skyrim.

Durante una breve visita de su hermana y su sobrino Uriel, Antíoco, quien había padecido varias dolencias en el transcurso de su reinado, cayó en coma. Durante meses, permaneció entre la vida y la muerte mientras el consejo de ancianos se preparaba para la subida al trono de su hija Kintyra de quince años.

Año 120 de la Tercera Era "Madre, no puedo casarme con Kintyra", dijo Uriel, a quien le divertía más la sugerencia de lo que le molestaba. "Es mi prima-hermana y, además, creo que está comprometida con uno de los señores del consejo, Modello".

"Eres tan aprensivo. Hay un momento y lugar para el decoro", dijo Potema. "Sin embargo, tienes razón sobre Modello, y no deberíamos ofender al consejo de ancianos en un momento tan delicado. ¿Qué piensas de la princesa Rakma? Has pasado mucho tiempo con ella en Farrun".

"No está mal", dijo Uriel. "No me digas que quieres oír todos los detalles lascivos".

"Por favor, ahórrate el análisis sobre su anatomía", dijo Potema haciendo una mueca. "Pero, ¿te casarías con ella?"

"Bueno... supongo que sí".

"Muy bien. Me ocuparé de los preparativos", Potema tomó nota antes de continuar. "El rey Lleromo ha sido un aliado difícil de conservar y un matrimonio político debería mantener a Farrun de nuestra parte, en caso de que lo necesitemos. ¿Cuándo es el funeral?"

"¿Qué funeral?", preguntó Uriel. "¿Te refieres al del tío Antíoco?"

"Por supuesto", suspiró Potema. "¿Qué otra persona relevante ha muerto en los últimos días?"

"Había un montón de niños guardias rojos corriendo por las galerías, por lo que supongo que Céforo ha llegado. Magnus llegó ayer a la corte, por lo que debería tener lugar cualquier día de estos".

"Por tanto, es hora de dirigirse al consejo", dijo Potema sonriendo.

Se vistió de negro, en lugar de con sus habituales vestidos coloridos. Era importante que creyeran el papel de su pesarosa hermana. Al mirarse en el espejo, reparó en que aparentaba sus cincuenta y tres años de edad. Las canas ya anidaban entre su pelirrojo cabello. Los largos, secos y fríos inviernos de Skyrim, en el norte, mellaban su cara con arrugas, a modo de telaraña. A pesar de todo, sabía que su sonrisa seguía conquistando corazones y que, al fruncir el ceño, infundía temor en los demás. Esto bastaba para sus propósitos.

Los razonamientos de Potema ante el consejo de ancianos constituirán, sin duda, un documento imprescindible para los estudiantes de la retórica.

Comenzó con alabanzas y humildad: "Mis augustos y sabios amigos, miembros del consejo de ancianos, no soy más que una reina de provincia y como tal únicamente puedo destacar aquello que vosotros mismos habréis ya considerado".

Continuó con elogios hacia el anterior emperador, que había sido un gobernante muy popular a pesar de sus defectos: "Él era un auténtico Septim y un gran combatiente que destruyó, contando con vuestros consejos, la casi invencible armada de Pyandonea".

Mas no tardó mucho en ir al grano: "La emperatriz Gysilla, por desgracia, no hizo nada para satisfacer las lujuriosas necesidades de mi hermano. De hecho, ninguna prostituta de la ciudad pasó por tantas camas como ella. Si hubiera cumplido religiosamente con sus obligaciones en el seno de sus aposentos imperiales, contaríamos con un auténtico heredero del Imperio en lugar de con esos flacos y cobardes bastardos que se hacen llamar hijos del emperador. Se dice que la chica por nombre Kintyra es hija de Gysilla y el capitán de la guardia. O quizá sea hija de Gysilla y el chico que limpia el tanque del agua. Nunca lo sabremos con certeza. No con la certeza con la que conocemos el linaje de mi hijo, Uriel. Él es el mayor de los hijos legítimos de la dinastía de los Septim. Mis señores, los príncipes del Imperio no tolerarán que un bastardo ocupe el trono, eso os lo puedo asegurar".

Concluyó con suavidad pero haciendo una llamada a la acción: "La posteridad os juzgará. Sabéis lo que debe hacerse".

Esa tarde, Potema entretuvo a sus hermanos y esposas en la sala de mapas, su refectorio imperial preferido. Sus paredes resplandecían, con representaciones desvaídas del Imperio y de todas las tierras exteriores conocidas: Atmora, Yokunda, Akavir, Pyandonea, Thras. En lo alto, la gran cristalera dominaba el techo, mojada por la lluvia, proyectando imágenes distorsionadas de las estrellas. Caían rayos constantemente, que trazaban extrañas figuras fantasmales sobre las paredes.

"¿Cuándo hablarás con el consejo?", preguntó Potema mientras se servía la cena.

"No sé si lo haré", respondió Magnus. "No creo que tenga nada que decir".

"Yo hablaré con ellos cuando sea anunciada la coronación de Kintyra", dijo Céforo. "Sólo como muestra de mi apoyo y del apoyo de Páramo del Martillo".

"¿Puedes hablar por todas las personas de Páramo del Martillo?", le preguntó Potema con una sonrisa burlona. "Los guardias rojos deben de quererte mucho".

"Tenemos una relación única con el Imperio en Páramo del Martillo", dijo Bianki, esposa de Céforo. "Desde el tratado de Stros M'kai, se considera que formamos parte del Imperio aunque no seamos sus súbditos".

"Tengo entendido que tú ya has hablado con el consejo", dijo Hellena, esposa de Magnus. Era una diplomática por naturaleza pero, como soberana de Cyrodiil de un reino argoniano, sabía cómo reconocer y confrontar la adversidad.

"Así es", dijo Potema, mientras hacía una pausa para saborear una tajada de faisán estofado. "Esta tarde he pronunciado un breve discurso acerca de la coronación".

"Nuestra hermana es una excelente oradora", dijo Céforo.

"Eres muy amable", dijo Potema entre risas. "Mas mi fuerte no es la oratoria".

"¿Y cuál es, pues?", preguntó Bianki sonriendo.

"¿Puedo preguntar qué les has dicho?", inquirió Magnus con recelo.

En ese momento, llamaron a la puerta. El administrador jefe susurró algo al oído a Potema, quien sonrió en respuesta y se levantó de la mesa.

"Le dije al consejo que daría todo mi apoyo a la coronación, siempre y cuando actuaran con sabiduría. ¿Qué hay de malo en ello?". Tras estas palabras, tomó su copa de vino y se dirigió a la puerta. "Si me disculpáis, mi sobrina Kintyra desea hablar conmigo".

Kintyra permaneció en el corredor con el guardia imperial. No era más que una cría pero, pensándolo bien, Potema se dio cuenta de que a su edad ya llevaba dos años casada con Mantiarco. Y para ser francos, existía cierta similitud. Potema podía imaginar a Kintyra como la joven reina, con sus oscuros ojos y la piel pálida, suave y fría como el mármol. La ira invadió momentáneamente los ojos de Kintyra ante la visión de su tía, pero esta pronto dio paso a la calma que le proporcionaba la presencia imperial.

"Reina Potema", dijo con serenidad. "Me han comunicado que mi coronación tendrá lugar dentro de dos días. Tu presencia en la ceremonia no será bienvenida. Ya he dado orden a tus sirvientes de que empaqueten tus enseres. Un escolta te acompañará de vuelta a tu reino esta misma noche. Eso era todo. Adiós, tía".

Potema comenzó con su respuesta pero Kintyra y su guardia se dieron la vuelta y empezaron a avanzar por el corredor hacia la sala de reuniones. La Reina Loba vio cómo se alejaban y, a continuación, entró de nuevo en la sala de mapas.

"Querida cuñada", dijo Potema, dirigiéndose a Bianki con profunda malevolencia. "¿No querías saber cuál era mi fuerte? Pues ahora te lo diré: la guerra".

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