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La Reina Loba, Libro octavo

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Información sobre el libro
ID 0001ACFD
Anterior La Reina Loba, Libro séptimo
Siguiente La mujer del leñador
Valor 12 Peso 1
Autor
Habilidad
Necesario para
Facción
Localización Fellglow Keep, cámara ritual, en un estante.
D letter.pnge la pluma de Inzolico, sabio del segundo siglo
A letter.pngño 127 de la Tercera Era

Después de la batalla de Ichidag, el emperador Uriel Septim III fue capturado y encontró la muerte a manos de la furiosa muchedumbre antes de que lo pudieran llevar al castillo de su tío en el reino Páramo del Martillo de Gilane. Su tío, Céforo, se proclamó emperador y se dirigió a la Ciudad Imperial. Las tropas anteriormente leales al emperador Uriel y a su madre, la Reina Loba Potema, juraron lealtad al nuevo emperador. A cambio de su apoyo, los nobles de Skyrim, Roca Alta, Páramo del Martillo, la isla de Estivalia, Bosque Valen, Ciénaga Negra y Morrowind demandaron y recibieron un nuevo nivel de autonomía e independencia del Imperio. La Guerra del Diamante Rojo llegó a su fin.

Potema continuó librando una batalla que no podía ganar. Su área de influencia disminuía cada vez más hasta que solo quedó bajo su mando el antiguo reino de Soledad. Invocó a los daedra para que luchasen por ella, hizo que sus nigromantes resucitaran a sus enemigos caídos como guerreros inmortales y organizó un ataque tras otro contra las fuerzas de sus hermanos, el emperador Céforo Septim I y el rey Magnus de Lilmoth. Sus aliados comenzaron a abandonarla conforme su locura crecía, y sus únicos compañeros terminaron siendo los zombis y esqueletos que había acumulado a lo largo de los años. El reino de Soledad se convirtió en una tierra de muertos. Las historias de la antigua Reina Loba atendida por criadas hechas de putrefactos esqueletos y organizando planes de guerra con generales vampíricos siempre han aterrorizado al público.


Año 137 de la Tercera Era
Magnus abrió la pequeña ventana de su habitación. Por primera vez en semanas, escuchó de nuevo los sonidos de la ciudad: el chirrido de los carros, el trote de los caballos sobre las piedras y, a lo lejos, la risa de un niño. Sonrió conforme volvía a la pila para lavarse la cara y terminar de vestirse. Llamaron a la puerta con un toque familiar.

"Entra, Pel", dijo.

Pelagio entró en la habitación. Era obvio que hacía horas que estaba despierto. A Magnus le maravillaba su energía, a veces se preguntaba lo largas que serían las batallas si fuesen libradas por niños de doce años.

"¿Has visto la calle?", preguntó Pelagio. "¡Toda la gente del pueblo ha vuelto! ¡Hay tiendas, un gremio de magos, incluso allá abajo en el puerto, vi cientos de tiendas por todas partes!".

"Ya no hay nada que temer. Nos hemos encargado de los zombis y fantasmas que solían andar por aquí y ahora saben que es seguro volver".

"¿Se volverá un zombi el tío Céforo cuando se muera?", preguntó Pelagio.

"No me extrañaría", bromeó Magnus. "¿Por qué lo preguntas?".

"He escuchado algunos comentarios sobre si está viejo y enfermo", dijo Pelagio.

"No es tan viejo", dijo Magnus. "Tiene sesenta años. Solo dos más que yo".

"¿Y cuántos años tiene la tía Potema?" preguntó Pelagio.

"Setenta", dijo Magnus. "Y sí, son bastantes años. Si tienes alguna pregunta más, tendrá que esperar. Ahora tengo que ir a ver al comandante, pero podemos hablar en la cena. ¿Serás capaz de entretenerte sin meterte en problemas?".

"Sí, señor", dijo Pelagio. Comprendió que su padre debía continuar el asedio al castillo de la tía Potema. Después de haberlo conquistado y haberla encerrado, dejarían la posada y se mudarían a él. A Pelagio no le gustaba la idea. El pueblo entero tenía un olor extraño, como a muerto, pero no podía ni acercarse al castillo sin que le diesen arcadas del olor que desprendía. Aunque se hubiesen volcado un millón de flores en ese lugar, no habrían provocado el menor cambio.

Caminó por la ciudad durante horas, compró algo de comida y unos lazos para su hermana y su madre, que estaban en Lilmoth. Pensó a quién más debía comprar regalos y se asombró. Todos sus primos, los hijos de su tío Céforo, del tío Antíoco y de la tía Potema habían muerto durante la guerra, algunos en batalla y otros durante la hambruna, ya que gran número de cosechas habían sido calcinadas. La tía Bianki había muerto el año anterior. Solo quedaban él, su madre, su hermana, su padre y su tío el emperador. Y la tía Potema. Pero ella no contaba.

Cuando llegó al gremio de magos esa mañana, decidió no entrar. Esos lugares siempre lo habían asustado, con todo ese humo, esos cristales y tantos libros antiguos. Esta vez, a Pelagio se le ocurrió que podría comprarle un regalo a su tío Céforo, un recuerdo del gremio de magos de Soledad.

Había una anciana que estaba forcejeando con la puerta principal para abrirla, así que Pelagio la ayudó.

"Gracias", dijo la mujer.

Sin duda, era la persona más anciana que había visto jamás. Su rostro parecía una manzana podrida y arrugada con un mechón de pelo blanco. Por instinto, se apartó de su retorcida garra cuando ella empezó a acariciarle la cabeza, pero llevaba una gema en el cuello que lo fascinó de inmediato. Era una joya brillante y amarilla, aunque parecía tener algo atrapado en ella. Cuando reflejó la luz de las velas, se vio la forma de una bestia de cuatro patas paseando.

"Es una gema de alma", dijo la mujer. "En ella está encerrado el demonio de un hombre lobo demonio. Fue encantada hace mucho, mucho tiempo, con el poder de hechizar a la gente, pero he estado pensando en darle otro. Quizás algo de la escuela de alteración, como cierre o escudo". Hizo una pausa y miró al chico con sus ojos claros y legañosos. "Me suena tu cara, muchacho. ¿Cómo te llamas?".

"Pelagio", respondió. Normalmente habría dicho "príncipe Pelagio", pero le habían advertido que no era conveniente llamar la atención en el pueblo.

"Conocí a un Pelagio", dijo la anciana sonriendo lentamente. "¿Estás solo, Pelagio?".

"Mi padre está con el ejército, atacando el castillo. Pero volverá en cuanto hayan derribado las puertas".

"Me atrevo a aventurar que no tardará mucho en suceder", suspiró la anciana. "Nada dura eternamente, por muy bien hecho que esté. ¿Vas a comprar algo al gremio de magos?".

"Quería comprar un regalo para mi tío", dijo Pelagio. "Pero no sé si tengo suficiente dinero".

La anciana dejó al niño para que mirase las mercancías mientras ella se dirigía al encantador del gremio. Era un joven nórdico, ambicioso y recién llegado al reino de Soledad. Le costó un poco de persuasión y un montón de oro convencerlo de que eliminase el hechizo de encanto de la gema de alma e introdujese en su lugar una poderosa maldición, un lento veneno que succionaría la sabiduría del portador año tras año hasta que perdiese la razón. También compró un anillo barato de resistencia al fuego.

"Por ser tan amable con una anciana, te he comprado esto", dijo mientras le daba al muchacho el colgante y el anillo. "Dale el anillo a tu tío, dile que contiene un hechizo de levitación. Si alguna vez debe saltar desde lugares muy altos, lo protegerá. La gema de alma es para ti".

"Gracias", dijo el joven. "Pero eres demasiado amable, no puedo aceptarlo".

"La amabilidad no tiene nada que ver con esto", respondió la anciana con sinceridad. "Mira, he estado en el salón de los archivos un par de veces y he leído sobre ti en las profecías de los Pergaminos antiguos. Algún día serás emperador, pequeño, el emperador Pelagio Septim III. Con la ayuda de esta gema de alma, pasaréis a la posteridad tus descendientes y tú".

Con estas palabras, la anciana desapareció por uno de los pasillos del gremio de magos. Pelagio la buscó, pero no se le ocurrió mirar detrás de un montón de piedras. Si lo hubiese hecho, habría descubierto un túnel directo desde la ciudad hasta el mismísimo corazón del castillo de Soledad. Si hubiese averiguado cómo llegar allí, habría encontrado el dormitorio de la reina después de dejar atrás a los tambaleantes no muertos y los restos de lo que una vez fue un precioso palacio.

En ese dormitorio habría encontrado a la Reina Loba de Soledad descansando y escuchando los sonidos que hacía su castillo al derrumbarse. Habría podido observar una sonrisa desdentada en su cara al expirar.

De la pluma de Inzolico, sabio del segundo siglo:

Año 137 de la Tercera Era
Potema Septim murió después de un mes de asedio a su castillo. En vida, había sido la Reina Loba de Soledad, hija del emperador Pelagio II, esposa del rey Mantiarco, tía de la emperatriz Kintyra II, madre del emperador Uriel III y hermana de los emperadores Antíoco y Céforo. A su muerte, Magnus proclamó a su hijo, Pelagio, como gobernante de Soledad con la orientación del consejo real.

Año 140 de la Tercera Era
El emperador Céforo Septim murió al caer de su caballo. Su hermano fue proclamado emperador Magnus Septim.

Año 141 de la Tercera Era
Pelagio, rey de Soledad, fue descrito como "excéntrico en ocasiones" en los anales del Imperio. Se casó con Katarish, duquesa de Páramo de Vvarden.

Año 145 de la Tercera Era

El emperador Magnus Septim muere. Su hijo, que será conocido como Pelagio el Loco, es coronado.

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