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Juego en la cena

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Información sobre el libro
ID 0001AFC4
Anterior Guía del herbolario de Skyrim
Siguiente Mannimarco, rey gusano
Valor 55 Peso 1
Autor
Habilidad Alquimia
Necesario para
Facción
Localización . Cueva abandonada
. Harmugstahl, sureste de Puente del Dragón
. Destilería Amielada, habitación de arriba
P letter.pngrólogo del editor:

La historia que se esconde tras esta carta es casi tan interesante y oscura como la que narra el relato. La carta original dirigida a un misterioso Dhaunayne se copió y empezó a circular por Cenicia de Páramo de Vvarden hace unos meses. Con el tiempo, una copia se abrió camino hasta llegar al continente y, concretamente, hasta el palacio que el príncipe Hlaalu Helseth tiene fuera de Almalexia. Aunque el lector puede llegar a la conclusión, tras haber leído esta carta, de que el príncipe estaría furioso por esta obra que ataca su condición con gran malevolencia, ocurrió justo lo contrario. El príncipe y su madre, la reina Barenziah, hicieron imprimir en secreto varias copias encuadernadas que mandaron a las librerías y a los libreros de todo Morrowind.

De hecho, está documentado que el príncipe y la reina no llegaron a comunicar oficialmente si la carta era resultado de la pura imaginación o se basaba en hechos reales. La Casa Dres denunció públicamente la obra y, además, nadie llamado Dhaunayne, pese a lo que sugiere la carta, ha estado relacionado con la casa. Dejamos que el lector interprete la carta como crea conveniente.

--Nerris Gan, editor


O letter.pngscuro señor feudal Dhaunayne:

Como me pediste, me dirijo a ti para describirte detalladamente mi experiencia de la pasada noche y las razones por las que solicito una nueva tarea a la Casa Dres. Espero haberte servido bien en mi puesto de informador de la corte del príncipe Helseth, un hombre que, tal y como he relatado en mis informes anteriores, podría llegar a darle lecciones a Molag Bal sobre cómo conspirar. Como sabes, he pasado casi un año abriéndome camino para formar parte de su círculo más íntimo de consejeros. Él necesitaba amistades cuando llegó por primera vez a Morrowind y, con entusiasmo, me eligió junto a unas pocas personas más. Pese a todo, se encontraba poco dispuesto a confiar en cualquiera de nosotros, lo que quizá no es de sorprender, dada su delicada posición dentro de la sociedad de Morrowind.

Recuerdo a Su Maldad que el príncipe es el primogénito de Barenziah, que fue en su día reina de Morrowind, así como reina del reino de Quietud en Roca Alta. Tras la muerte de su marido el rey Eadwyre, padrastro del príncipe Helseth, se desencadenó una lucha de poder entre el príncipe y la hija de Eadwyre, la princesa Elysana. Pese a que los detalles de lo sucedido son escasos, queda claro que Elysana ganó la batalla y se convirtió en reina, desterrando a Helseth y a Barenziah. El otro retoño de Barenziah, Morgiah, había abandonado ya la corte para casarse y convertirse en la reina del reino de Primada, en la isla de Estivalia.

Barenziah y Helseth no cruzaron el continente para volver a Morrowind hasta el pasado año. Fueron bien recibidos por el tío de Barenziah, nuestro actual rey, Hlaalu Athyn Llethan, que ascendió al trono tras la abdicación de Barenziah hace más de cuarenta años. Barenziah dejó claro que no tenía la intención de reclamar el trono, simplemente venía a retirar su patrimonio familiar. Helseth, como ya sabes, ha estado deambulando por la corte real y muchos han comentado en voz baja que, aunque había perdido el trono de Quietud, no tiene ninguna intención de perder el de Morrowind tras la muerte de Llethan.

He mantenido informada a Su Maldad de los movimientos del príncipe, de sus reuniones y sus conspiraciones, así como de los nombres y del carácter del resto de sus consejeros. Como recordarás, a menudo he llegado a pensar que yo no era el único espía de la corte de Helseth. Anteriormente mencioné que, en concreto, uno de los consejeros dunmer de Helseth se parecía a alguien que había visto con anterioridad en compañía de Tholer Saryoni, el archicanónigo del templo del Tribunal. Otra es una joven nórdica, que según hemos verificado visitó la fortaleza imperial en Balmora. Por supuesto, en estos casos, puede que estuvieran haciendo negocios para el propio Helseth, aunque no puedo asegurarlo. Empecé a pensar que yo mismo me estaba volviendo paranoico, como el mismísimo príncipe, cuando me encontré dudando de la sincera lealtad del chambelán del príncipe, Burgess, un bretón que ha ocupado ese puesto desde sus días en la corte de Quietud.

Esos eran los antecedentes de anoche.

Ayer por la mañana recibí una repentina invitación para cenar con el príncipe. Teniendo en cuenta mi paranoia, envié a uno de mis sirvientes, que es un criado bueno y leal de la Casa Dres, para que vigilara el palacio y me contara si ocurría algo inusual. Justo antes de la cena, volvió y me relató lo que había presenciado.

Permitieron la entrada a palacio de un hombre cubierto de harapos, que estuvo allí durante algún tiempo. Cuando salió, mi sirviente vio el rostro que se escondía bajo su capa: el de un alquimista de dudosa reputación, del que se dice que es el proveedor más importante de venenos exóticos. Como buen observador, mi sirviente también se percató de que el alquimista entró en el palacio oliendo a trigo de mecha, a verde amargo y a algo extraño y dulce. Cuando se marchó, no olía a nada.

Llegó a la misma conclusión que yo. El príncipe había reunido los ingredientes para preparar un veneno. El verde amargo, por sí solo, resulta mortal cuando se come crudo, aunque el resto de ingredientes propiciaban algo mucho peor. Como Su Maldad sin duda se podrá imaginar, asistí a la cena de aquella noche preparado para cualquier contingencia que pudiera ocurrir.

El resto de consejeros del príncipe Helseth al completo estaban esperando, y noté que todos se mostraban ligeramente preocupados. Por supuesto, me imaginé que me encontraba en un nido de espías y que todos sabían de la misteriosa reunión del príncipe. Era igualmente posible que unos supieran de la visita del alquimista, mientras que otros solo estaban afectados por la naturaleza de la invitación del príncipe e, incluso, alguno podría haber adoptado de manera inconsciente la tensa disposición de sus compañeros, de los consejeros mejor informados.

Sin embargo, el príncipe, que estaba de buen ánimo, hizo que pronto todos se relajaran y se sintieran a gusto. A las nueve, nos condujeron a todos al comedor, donde nos esperaba un festín. ¡Y qué festín! Apetitosas manzanas recubiertas de miel, estofados aromáticos, asados bañados con diversas salsas de sangre y cada una de las variedades de pescado y ave de corral preparada ostentosamente por manos profesionales. Jarritas de oro y cristal para el vino, el flin, el shein y el mazte se encontraban en el puesto de cada comensal para que saboreáramos adecuadamente todas esas bebidas con cada plato. Al oler esos aromas tan tentadores, se me ocurrió que, mezclado con ese laberinto de especias y condimentos, un veneno discreto sería indetectable.

Durante la comida, hice como si estuviera comiendo los alimentos y bebiendo los licores, aunque cautelosamente no me tragué nada. Finalmente, retiraron las bandejas y la comida de la mesa y colocaron una sopera de caldo especiado en el centro de todo el banquete. El sirviente que lo trajo se retiró a continuación, cerrando la puerta del comedor tras él.

“Huele divinamente, mi príncipe”, dijo la marquesa Kolgar, una mujer nórdica. “Pero ya no soy capaz de comer nada más”.

“Alteza”, añadí, fingiendo un tono de amabilidad y de ligera embriaguez, “sabes que cualquiera de los comensales de esta mesa estaría dispuesto a morir gustosamente para colocarte en el trono de Morrowind, pero, ¿es realmente necesario que nos atiborremos hasta morir?”

El resto de los invitados mostraron estar de acuerdo emitiendo gemidos de agradecimiento. Hasta el príncipe Helseth sonrió. Juro por Vaernima, la Dadora de Talentos, mi oscuro señor, que nunca habrás visto una sonrisa como aquella.

“Irónicas palabras. Veréis, un alquimista ha venido hoy a visitarme, de lo que algunos de vosotros, indudablemente, ya estaréis informados. Me ha enseñado cómo elaborar un veneno maravilloso y su antídoto. Una poción más potente, excelente para mis fines. Ningún hechizo de restauración podrá ayudaros una vez que lo hayáis ingerido. Tan solo os podrá salvar de una muerte segura el antídoto de la sopera. Y menuda muerte os espera, por lo que he oído. Estoy deseando ver si los efectos que produce son todos los que me prometió el alquimista. Deben de ser tremendamente dolorosos para los afectados, aunque bastante amenos”.

Nadie pronunció una palabra. Pude sentir cómo el corazón me latía con fuerza dentro del pecho.

“Alteza”, dijo Allarat, el dunmer del que yo sospechaba que estaba aliado con el Templo. “¿Has envenenado a alguno de los comensales de esta mesa?”

“Eres muy astuto, Allarat”, afirmó el príncipe Helseth mientras recorría la mesa con la mirada y se fijaba atentamente en cada uno de sus consejeros. “No cabe duda de que valoro vuestros consejos. Y, de hecho, aprecio a todos los presentes en la sala. Quizás me resultaría más sencillo deciros a quién no he envenenado. No he envenenado a quien solo sirve a un amo, a nadie cuya lealtad hacia mí sea sincera. No he envenenado a nadie que quiera ver al rey Helseth ocupando el trono de Morrowind. No he envenenado a nadie que no sea un espía del Imperio, del Templo, de la Casa Telvanni, de la Casa Redoran, de la Casa Indoril o de la Casa Dres”.

Su Maldad, el príncipe me miró directamente a mí al pronunciar sus últimas palabras. Estoy seguro de ello. Mi rostro está acostumbrado a ocultar mis pensamientos, pero pensé inmediatamente en cada una de las reuniones secretas que habíamos mantenido, en cada mensaje codificado que he enviado tanto a ti como a la casa, mi oscuro señor. ¿Qué es lo qué podía saber? ¿Qué podía, aunque no lo supiera, llegar a sospechar?

Sentí que mi corazón latía mucho más rápido. ¿Era el miedo o el veneno? No era capaz de hablar, ya que estaba seguro de que mi voz traicionaría mi calmada apariencia.

“Aquellos que me son fieles, los que quieren herir a mis enemigos, se preguntarán cómo puedo estar tan seguro de que se ha ingerido el veneno. ¿Es posible que la parte culpable, o debería decir las partes culpables, sospecharan algo y únicamente hubieran simulado comer y beber esta noche? Por supuesto. Sin embargo, hasta los farsantes más astutos habrán tenido que acercar las copas hasta sus labios o introducir tenedores y cucharas vacíos en sus bocas para llevar a cabo su farsa. Debéis saber que la comida no estaba envenenada, pero sí las tazas y la cubertería. Si no tomasteis parte en el festín por miedo, también estáis envenenados, igual que los demás y, tristemente, os habéis perdido un asado excelente”.

El sudor resbalaba por mi cara, por lo que di la espalda al príncipe para que no me viera. Todos los consejeros se habían quedado petrificados en sus asientos. Desde la marquesa Kolgar, blanca de miedo, a Kema Inebbe, que temblaba visiblemente; desde la frente arrugada y enfadada de Allarat a la mirada, fija como la de una estatua, de Burgess.

Entonces, no pude evitar preguntarme si todo el consejo del príncipe estaba compuesto únicamente por espías. ¿Había alguna persona en esta mesa que le fuera fiel? Y, entonces pensé: ¿y si yo no fuera un espía? ¿Confiaría en que Helseth supiera que no lo era? Nadie conoce mejor que sus consejeros la profunda paranoia del príncipe y su implacable ambición. Incluso aunque yo no fuera un espía de la Casa Dres, ¿estaría seguro en ese caso? ¿Podría haber sido envenenado alguien leal por haber sido juzgado equivocadamente debido a un error no tan inocente?

El resto debía de estar pensando lo mismo, tanto los fieles a él, como los espías.

Mientras le daba vueltas a la cabeza, podía oír la voz del príncipe dirigiéndose a todos los allí reunidos: “El veneno actúa rápidamente. Si no se toma el antídoto en un minuto a partir de ahora, habrá muertos sobre la mesa”.

No lograba decidirme sobre si había sido envenenado o no. Me dolía el estómago, aunque me recordé a mí mismo que podría ser el resultado de haberme sentado a un suntuoso banquete sin comer ni beber nada. El corazón me latía con fuerza en el pecho y un sabor amargo como de raíz de trama me llegó a los labios. ¿Era, de nuevo, miedo o veneno?

“Estas son las últimas palabras que oiréis si es que no sois leales a mí”, añadió el príncipe Helseth, sonriendo aún con esa maldita sonrisa mientras miraba cómo sus consejeros se retorcían en sus asientos. “Tomad el antídoto y viviréis”.

¿Debería creerle? Pensé en lo que sabía sobre el príncipe y su carácter. ¿Mataría a un espía descubierto en su corte o enviaría de nuevo al vencido ante sus maestros? El príncipe era despiadado, pero ninguna de esas dos posibilidades encajaba con su forma de actuar. Probablemente, la teatralidad de toda la cena fuera una representación para inculcar miedo. ¿Qué es lo que dirían mis ancestros si me reuniera con ellos tras haberme sentado ante una mesa, tras morir, finalmente, envenenado? ¿Qué es lo me dirían si tomara el antídoto, confesando mi lealtad tanto a ti como a la Casa Dres, y fuera ejecutado de inmediato? Y confieso que hasta pensé en lo que me podrías llegar a hacer incluso tras haber muerto.

Estaba tan exaltado e inmerso en mis propios pensamientos que no vi cómo Burgess saltaba de su asiento. Tan solo percibí de repente cómo agarró la sopera con sus manos y engulló el líquido que contenía. Nos rodeaban unos guardias que yo ni siquiera había visto entrar.

“Burgess”, afirmó el príncipe Helseth, aún sonriendo. “Has pasado algún tiempo en Portón del Fantasma. ¿Eres fiel a la Casa Redoran?”

“¿No lo sabía?”, rió Burgess amargamente. “No a la casa. Informaba a su hermanastra, la reina de Quietud. Siempre he estado a su servicio. Por Akatosh, ¿me envenenó porque pensaba que trabajaba para unos malditos elfos oscuros?”

“En parte tienes razón”, añadió el príncipe. “No adiviné para quién trabajabas, ni siquiera que fueras un espía. Pero te equivocas al decir que yo te envenené. Te has envenenado tú mismo al beber de la sopera”.

Su Maldad, no estimo necesario que escuches cómo murió Burgess. Sé que has visto muchas cosas a lo largo de los numerosos años de tu existencia, pero, sinceramente, no quieras saberlo. Desearía poder borrar de mi memoria las agonías por las que pasó.

El consejo se disolvió poco después. No sé si el príncipe Helseth sabe o sospecha que yo también soy un espía. No sé cuántos otros estuvieron, aquella noche, la pasada noche, tan cerca como yo de beber de la sopera antes de que Burgess lo hiciera. Tan solo sé que si el príncipe no sospecha aún de mí, en el futuro lo hará. No puedo ganar en un juego que él domina desde hace mucho tiempo, desde la corte de Quietud, y ruego a Su Maldad, mi oscuro señor Dhaunayne, que te sirvas de tu influencia en la Casa Dres para liberar a tu leal sirviente de semejante carga.


N letter.pngota del editor:
Por supuesto, la firma del autor anónimo no aparece en ninguna copia de la carta, tan solo se refleja en el original.

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