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Invocación de Azura

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Información sobre el libro
ID 0001B245
Anterior Carta incriminatoria
Siguiente Carta de Isabelle
Valor 20 Peso 1
Autor Sigillah Parate
Habilidad
Necesario para
Facción
Localización
D letter.pngurante trescientos años he sido sacerdotisa de Azura, la princesa daédrica de Sombra Lunar, Madre de la Rosa y Reina del Firmamento Nocturno. Cada Hogithum, que celebramos vigésimo primer día de la Primera semilla, la invocamos para que nos guíe y para ofrecerle a su majestad cosas de valor y belleza. Es cruel pero sabia. No solemos invocarla en ningún Hogithum que se vea amenazado por tormentas, pues esas noches pertenecen a Sheogorath, el loco, incluso si coinciden las fechas. En esas situaciones, Azura se muestra comprensiva con nuestra cautela.

La invocación de Azura es algo muy personal. He sido sacerdotisa de otros tres príncipes daédricos, pero Azura valora la calidad de sus adoradores y la sinceridad de su adoración. Cuando no era más que una doncella elfa oscura de dieciséis años, me uní al aquelarre de mi abuela, en el que adoraban a Molag Bal, la princesa de los ardides. Para las brujas de Molag Bal, el chantaje, la extorsión y el soborno eran armas tan válidas como la magia negra. La invocación de Molag Bal se realiza el vigésimo día de Estrella vespertina, salvo cuando hay tormenta. Aunque la ceremonia siempre se respeta, Molag Bal también suele aparecer ante sus adoradores bajo forma mortal otros días del año. Cuando mi abuela murió intentando envenenar al heredero de Atalaya del Fuego, me replanteé mi fe en el aquelarre.

Mi hermano era un hechicero del culto de Boethiah y, por lo que me contó, sentí que la Guerrera Oscura me resultaba más cercana que la traidora Molag Bal. Boethiah es una princesa guerrera que actúa más abiertamente que ningún otro daedra. Tras años de merodear y conspirar, me sentí bien realizando tareas para una princesa de forma que tenían consecuencias inmediatas. Además, me gustaba que Boethiah fuera la daedra de los elfos oscuros. Nuestro culto la invocaba el día que llamábamos el Guantelete, el segundo día del Ocaso. En su honor se celebraban sangrientas competiciones, y los duelos y las batallas se prolongaban hasta que nueve adoradores hubieran muerto a manos de sus semejantes. Boethiah no sentía interés por sus adoradores, solo por su sangre. Me pareció verla sonreír cuando maté accidentalmente a mi hermano en un entrenamiento. Mi horror, pensé, la complacía enormemente.

Poco después, abandoné el culto. Boethiah era demasiado impersonal para mí, demasiado fría. Quería una señora de mayor calado. Durante los siguientes dieciocho años de mi vida, no adoré a nadie. Me limité a leer e investigar. Fue en un libro antiguo y profano donde vi mencionar a Nocturnal por primera vez. Nocturnal, la Dama Nocturna, Nocturnal la Inescrutable. Siguiendo las indicaciones del libro, la llamé en su día sagrado, el tercer día de Fuego hogar. Al fin había encontrado a la princesa que tanto había buscado. Me afané en entender su laberíntica filosofía, la fuente de su misterioso dolor. Todo era oscuro y misterioso, incluso su forma de hablar y lo que requería de mí. Me costó años comprender el mero hecho de que nunca podría entender a Nocturnal. Su misterio le era tan consustancial como la brutalidad lo era para Boethiah y las artimañas para Molag Bal. Entender a Nocturnal es negar su naturaleza, como abrir las cortinas que ocultan su reino de oscuridad. Por mucho que la quería, comprendí la futilidad de desvelar sus enigmas. Y me convertí a Azura, su hermana.

De cuantas he adorado, Azura es la única princesa daédrica que parece preocuparse por sus seguidores. Molag Bal quería mi mente, Boethiah quería mis brazos y Nocturnal, quizá, mi curiosidad. Azura lo quiere todo y, por encima de todo, nuestro amor. No busca un abyecto esclavismo, sino nuestra genuina devoción y honestidad, en todas sus formas. Es importante para ella que la adoremos con emoción. Y también debemos dirigir nuestro amor hacia nuestro interior. Si la amamos a ella y nos odiamos a nosotros mismos, ella siente nuestro dolor. Nunca tendré otra señora, hasta el final de mis días.

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