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Huida de los Thalmor

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Anterior Los cinco cantares del rey Wulfharth
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Huida de los Thalmor
E letter.pngstimado lector: La obra que estás a punto de experimentar ha sido copiada y duplicada, así que la historia que contiene puede ser distribuida por todo el Imperio. Pero no te equivoques: esto no es una obra de ficción. Los acontecimientos recogidos en este escrito son completamente auténticos y fueron documentados originalmente en un diario privado (que ahora permanece celosamente guardado en la Casa de las Plumas de Páramo del Martillo) y tuvieron lugar menos de un año antes de la impresión de este libro.

- Ashad Ibn Khaled, alto escriba de la Casa de las Plumas, Páramo del Martillo

Han pasado nueve días. Nueve días desde que me escurrí de los grilletes. Nueve días desde que estrangulé a mi captor con mis propias cadenas. Y nueve días desde que me interné de cabeza en la noche, siempre a la escucha, pero sin mirar nunca atrás.

Pero para poder entender mi situación actual, hay que entender primero de dónde vengo, y dónde comenzó mi historia.

Mi nombre es Hadrik Corazón de Roble, y soy un orgulloso nórdico de Skyrim. Soy escaldo de profesión, y recibí mi formación en el Colegio de Bardos de Soledad. Durante años, mi ocupación fue la de músico y juglar ambulante, e incluso serví varias veces como bardo de guerra en los ejércitos de los distintos jarl.

Y creo que puedo decir sin el menor género de dudas que, de no ser bardo, jamás me hubiera metido en todo este lío en primer lugar.

Mis problemas comenzaron cuando empecé a cantar sobre Talos, el Noveno y mayor de los Divinos, muy apreciado por la gente de Skyrim. Resulta que no es igual de apreciado por los Thalmor.

Ah, sí, los Thalmor. En estos días son tan comunes en Skyrim como un catarro, e igual de molestos. O eso pensaba yo entonces, antes de que se mostrara su verdadero poder e influencia.

Para los que no lo sepan, desde hace poco los Thalmor son los “invitados” de honor de Skyrim, altos elfos del Dominio de Aldmer que tuvieron la cortesía de no borrarnos a todos del mapa durante la Gran Guerra.

Pero, como bien saben todos los nórdicos de Skyrim, la misericordia de los thalmor tiene un terrible precio. Una de las estipulaciones del Concordato Blanco y Dorado, el tratado de paz entre nuestros pueblos, fue la abolición del culto a Talos. “¿Un hombre considerado un dios? ¡Eso es absurdo!”, afirmaban los thalmor. Y así, el culto público a Talos ha sido prohibido en Skyrim, y la prohibición se ha aplicado activamente en las ciudades donde los thalmor tienen una presencia tangible. Ciudades, podría añadir, en las que el Imperio está más asentado.

Fue en una de esas ciudades, Markarth para ser exactos, donde tomé la decisión consciente de desafiar la prohibición del culto a Talos. Y mi rebeldía tomó la forma, ¿de qué si no?, de una canción. ¿Qué bardo que ha pasado tiempo escribiendo y ensayando una canción puede resistirse a interpretarla? Así que la interpreté. No una, ni dos, sino siete veces. Una vez al día, durante toda una semana.

Hay una cosa de la que muchos de los míos no son conscientes: no todos los Thalmor de Skyrim tienen la misma condición ni propósito. De hecho, hay un grupo en particular que actúa en secreto, entre las sombras, que observa y espera a esos nórdicos que infringen la ley y continúan adorando al todopoderoso Talos. Quienes hacen esto son los justicias mayores, y su trabajo es aplicar la más terrible de las condiciones del Concordato Blanco y Dorado.

Y así, yo hubiera interpretado mi canción una octava vez si hubiera tenido la oportunidad. Por desgracia, no fue así, pues los justicias mayores habían estado observando y a la espera. En vez de eso, recibí un saco negro sobre mi cabeza a altas horas de la madrugada, un terriblemente incómodo viaje en carromato y siniestras promesas de que disfrutaría de mi “nuevo hogar”, que me di cuenta de que sería algún tipo de prisión secreta Thalmor o un campo de detención. Lo que estaba claro es que no saldría con vida de allí.

Fue en aquel momento cuando me di cuenta de que tenía que escaparme. Daba igual cómo, e incluso que muriera en el intento... Debía evadirme del alcance de mis captores. Era mejor eso a pudrirme en alguna prisión Thalmor dejada de la mano de los dioses hasta el fin de los tiempos.

Finalmente, tuve mi oportunidad cuando el carromato se detuvo y acamparon para pasar la noche. Uno de mis dos guardas Thalmor se dirigió al bosque a cazar, y me dejó a solas con el otro. Y así, mi historia llega al punto en el que la inicié.

Han pasado nueve días desde entonces, y en ese tiempo he llegado a darme cuenta de la plena magnitud de mi estupidez. ¿No podía haber cantado la canción solo una vez? ¿O dos? ¿O ninguna? ¿No podía haberme tragado este estúpido orgullo nórdico y darme cuenta del enorme poder e influencia que verdaderamente tienen los Thalmor sobre los jarl?

No, claro que no. Y por eso ahora corro. Como una liebre huyendo del galgo, corro. Siempre en movimiento, descansando en raras ocasiones, sin dormir nunca. Pero los Thalmor siguen todos y cada uno de mis pasos. ¿Adónde iré? ¿Cómo escaparé de su alcance? Lo cierto es que no lo sé. Lo único que entiendo con certeza es esto: si los agentes del Dominio de Aldmer no pueden hacerse con tu alma, lo que harán será quitarte la vida.

Me llamo Hadrik Corazón de Roble, y soy un orgulloso nórdico de Skyrim. Recuérdame, porque pronto estaré muerto.

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