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El relato argoniano, libro segundo

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Información sobre el libro
ID 0001ACE7
Anterior El relato argoniano, libro primero
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Valor 12 Peso 1
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D letter.pngecumo Scotti salió de entre la suciedad y los juncos, exhausto de correr, con la cara y los brazos cubiertos de moscas. Miró hacia atrás, hacia Cyrodiil, y vio cómo desaparecía el puente bajo el espeso río negro. Entonces supo que no volvería hasta que bajase la marea unos días después. El río también dejó en su lecho sus apuntes sobre el relato de Ciénaga Negra. Debería confiar en su memoria para recordar sus contactos en Gideon.

Mailic avanzaba con decisión entre los juncos. Más torpemente, Scotti intentaba seguirlo como podía mientras se quitaba de encima las moscas.

"Tenemos suerte, señor", dijo el guardia rojo, algo que a Scotti le pareció extraño dadas las circunstancias, hasta que se fijó en lo que estaba apuntando. "La caravana está aquí".

Veintiún vagones destartalados, oxidados y llenos de barro con tambaleantes ruedas se hundían en las blandas tierras frente a ellos. Un grupo de argonianos con escamas grises como sus ojos, el tipo de trabajadores que tanto se ve en Cyrodiil, tiraban de uno de los vagones que había sido desenganchado de los otros. Al acercarse más, Scotti y Mailic vieron que transportaba bayas negras tan maduras que casi no se reconocían. Parecía más una caja de gelatina que una carreta llena de fruta.

Iban a la ciudad de Gideon y, sí, aceptaron que Scotti fuese con ellos en cuanto terminasen de descargar el envío de bayas pasadas.

"¿Cuánto hace que se recogieron?", preguntó Scotti, mirando el putrefacto contenido de la carreta.

"La recolecta se hizo en la Última semilla", dijo el argoniano que parecía estar al mando del carromato. Ya es Ocaso, así que llevan de camino poco más de dos meses.

Obviamente, pensó Scotti, había problemas con el transporte. Pero, después de todo, arreglar esos temas era lo que estaba haciendo aquí como representante de la Comisión de Obras de lord Vanech.

Las bayas se siguieron pudriendo al sol una hora más, lo que tardaron en retirar el carromato a un lado, conectar el anterior y el siguiente, y traer uno de los ocho caballos de la primera caravana para arrastrar el carromato suelto. Los trabajadores se movían con desgana y Scotti aprovechó la oportunidad para inspeccionar la caravana y hablar con sus compañeros de viaje.

Cuatro de los carromatos tenían asientos en ellos para los viajeros, aunque no eran muy cómodos. El resto estaban llenos de grano, carne y verdura en diversos estados de descomposición.

El grupo se componía de los seis trabajadores argonianos, tres mercaderes imperiales a los que habían picado tantos bichos que su piel estaba tan escamosa como la de los mismísimos argonianos, y tres individuos más que parecían ser dunmer, a juzgar por esos ojos rojos que brillaban en la sombra de sus capuchas. Todos estaban transportando sus mercancías a lo largo de la ruta imperial del comercio.

"¿Esto es una ruta?", exclamó Scotti, mirando los interminables campos de juncos que le llegaban a la barbilla o más alto aún.

"El suelo está firme, al menos", exclamó uno de los dunmer encapuchados. "Los caballos se comen algunos juncos y a veces nosotros hacemos fuego con ellos, pero vuelven a crecer enseguida".

Finalmente, el encargado de los carromatos dio la señal para confirmar que la caravana estaba lista para continuar su camino y Scotti se acomodó en el tercer carromato, con los otros imperiales. Miró a su alrededor, pero Mailic no se había subido.

"Acepté llevarte a Ciénaga Negra y sacarte de ella", dijo el guardia rojo, que estaba subido a una roca que sobresalía de los juncos mientras masticaba una zanahoria mal pelada. "Estaré aquí cuando vuelvas".

Scotti frunció el ceño, y no solo porque Mailic lo había tuteado por primera vez. Ahora ya no conocía a nadie en Ciénaga Negra, pero la caravana estaba en marcha y no había tiempo para discutir.

Soplaba un nocivo viento en la ruta del comercio que formaba toda clase de figuras en los interminables campos de juncos. A lo lejos, parecían verse montañas, pero cambiaban de lugar continuamente y Scotti terminó cayendo en la cuenta de que solo eran densos bancos de niebla. Las sombras se desplazaban a lo largo del paisaje y, cuando Scotti levantó la vista, vio que estaban siendo observados por unas aves gigantes con picos como sierras casi tan grandes como el resto del cuerpo.

"Hackwings", murmuró Quero Gémulo, un imperial que estaba sentado a la izquierda de Scotti. Seguro que era joven, pero tenía aspecto de estar agotado y apaleado. "Como siempre en este maldito lugar, te devorarán si no te mueves. Los malditos bajarán en picado y te darán un buen golpe con ese enorme pico, para después volver a subir, esperar y volver cuando estés casi desangrado".

Scotti sintió un escalofrío por el cuerpo. Esperaba estar en Gideon antes de que cayese la noche. Fue entonces cuando se percató de que el sol estaba en el lado equivocado de la caravana.

"Perdone, señor", le dijo Scotti al encargado de los carromatos. "Creía que nos dirigíamos a Gideon".

El hombre asintió con la cabeza.

"Entonces, ¿por qué vamos hacia el norte cuando Gideon está hacia el sur?"

No hubo respuesta, solo un suspiro.

Scotti confirmó con sus compañeros de viaje que todos iban hacia Gideon, pero ninguno de ellos pareció preocuparse por el rodeo que estaban dando. Los asientos eran bastante duros para su curtida espalda y trasero, pero el rítmico traqueteo de la caravana y las hipnóticas ondas que se dibujaban en los juncos finalmente tuvieron su efecto en él y se quedó dormido.

Se despertó en la oscuridad unas horas después, sin saber dónde estaba. La caravana ya no se movía y él estaba en el suelo, debajo del banco, junto a unas cajas pequeñas. Se escuchaban voces que hablaban un idioma siseante y con chasquidos que Scotti no entendía. Se asomó entre las piernas de alguien para ver qué sucedía.

Las lunas apenas traspasaban la espesa niebla que rodeaba la caravana y Scotti no tenía el mejor ángulo precisamente para ver quién estaba hablando. Por un momento, pareció que el individuo gris que se encargaba de los carromatos estaba hablando solo, pero entre las sombras se veía movimiento y texturas, de hecho se entreveían brillantes escamas. Era difícil decir cuántas criaturas había, pero eran grandes, oscuras y, cuanto más las miraba, más detalles se adivinaban.

Cuando se adivinó un detalle en particular, unas bocas enormes con colmillos como agujas en su interior, Scotti volvió a meterse debajo del banco. Los ojos pequeños y negros de las criaturas aún no se habían fijado en él.

Las piernas que había delante de Scotti se movieron y de repente comenzaron a dar patadas conforme su dueño era arrastrado fuera del carromato. Scotti se escondió aún más, metiéndose detrás de las pequeñas cajas. No sabía mucho sobre escondites, pero tenía experiencia con escudos. Sabía que era bueno tener algo, lo que fuese, entre las cosas malas y su persona.

Unos segundos después de que las piernas desapareciesen de su vista, se oyó un horrible grito. Y después un segundo y un tercero. Diferentes timbres, diferentes acentos, pero un inarticulado mensaje en común... Terror y dolor, un terrible dolor. Scotti recordó una antigua plegaria olvidada ya al dios Stendarr y comenzó a susurrarla.

Todo estaba en silencio, un tenebroso silencio que duró minutos que parecieron horas, años.

Y entonces el carruaje empezó a avanzar de nuevo.

Scotti salió con sumo cuidado de su escondite, por debajo del carruaje. Quero Gémulo lo recibió con una sonrisa.

"Aquí estás", dijo. "Pensé que los nagas te habían apresado".

"¿Los nagas?"

"Unos personajes desagradables", dijo Gémulo, frunciendo el ceño. "Víboras con piernas y brazos, de más de dos metros y medio de altura, incluso tres cuando están enfadados. Vienen de las profundidades de la ciénaga y no están muy contentos aquí, así que están especialmente irritables. Tú eres exactamente el tipo de ricachón imperial que están buscando".

Scotti nunca se había visto a sí mismo como un ricachón. Su ropa llena de barro y harapienta le parecía de clase media como mucho. "¿Para qué me querrían?"

"Para robarte, desde luego", dijo el imperial. "Y para matarte. ¿No te has dado cuenta de lo que le ha pasado a los otros?", el imperial frunció el ceño, como si de repente se hubiese dado cuenta de algo. "¿No habrás tomado nada de las cajas que hay debajo, verdad? Como el azúcar, por ejemplo".

"Dios, no", dijo Scotti haciendo una mueca.

El imperial asintió, aliviado. "Pareces un poco despistado. La primera vez que vienes a Ciénaga Negra, ¿me equivoco? ¡Oh! ¡Heigh ho, hist piss!"

Scotti estaba a punto de preguntarle lo que significaba esa expresión cuando empezó a llover. Era como un infierno maloliente de lluvia amarillenta que inundaba la caravana, un infierno acompañado de truenos que retumbaban a lo lejos. Gémulo empezó a poner la lona para cubrir el techo del carromato mirando a Scotti, hasta que este empezó a ayudarlo con la laboriosa tarea.

Le entraron escalofríos, no solo por el frío, sino también por la putrefacta lluvia que caía en el ya asqueroso contenido del carromato abierto.

"Nos secaremos en breve", Gémulo sonrió, señalando hacia la niebla.

Scotti nunca había estado en Gideon, pero sabía qué esperar: un asentamiento parecido a la Ciudad Imperial, con una arquitectura similar, así como sus tradiciones y comodidades. Más o menos.

La marabunta de chabolas medio hundidas en el fango no era lo que esperaba, desde luego.

"¿Dónde estamos?", preguntó Scotti, extrañado.

"Hixinoag", respondió Gémulo, pronunciando el extraño nombre con confianza. "Tenías razón. Estábamos yendo hacia el norte cuando en realidad deberíamos habernos dirigido hacia el sur".

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