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Dieciséis tratados de locura, v. VI

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R letter.pngelato de Hircine
U letter.pngn quinto día de Mitad de año, el orgulloso y jactancioso Príncipe Loco de Oblivion se encontraba entre los glaciales picos de Skyrim y llamó a Hircine para hacer una apuesta. El dios de la caza se materializó, ya que ese era su día, y el atrevimiento de Sheogorath le intrigaba.

Con una ironía imposible de igualar, Sheogorath alberga en su reino a risueños chiflados, extravagantes creadores y cobardes mutiladores. El Príncipe Loco llega a acuerdos improductivos y fomenta el derramamiento inútil de sangre únicamente para disfrutar con una nueva confusión, tragedia o venganza. Así fue cómo Sheogorath creó un escenario donde enfrentarse como rival a Hircine.

Sin apresurarse, el evasivo príncipe propuso una competición: cada príncipe debía preparar a una bestia y, al cabo de tres años, se volverían a encontrar en el mismo sitio para la batalla final. Tratando de no dejar entrever ninguna expresión en su aterrador semblante, Hircine aceptó y los príncipes partieron hacia sus respectivos reinos envueltos en una ventisca de nieve.

Hircine estaba seguro de sí mismo, pero, sabiendo que Sheogorath era un embaucador, creó una abominación en su reino oculto. Invocó a un antiguo daedroth y lo imbuyó de la infecta maldición de la licantropía. De corazón oscuro y colmillo afilado, este horror sin nombre no tenía igual, ni siquiera entre los grandes cazadores de la esfera de Hircine.

Al tercer año, en la fecha convenida, Hircine regresó donde Sheogorath esperaba, recostado con las piernas cruzadas sobre una piedra y silbando con ociosa paciencia. El príncipe de la caza clavó su lanza en el suelo y presentó a su rugiente monstruo antinatural. Descubriéndose la cabeza, tan astuto como siempre, Sheogorath se puso en pie y se hizo a un lado para mostrar a un colorido pajarillo posado en la piedra que, recatadamente, comenzó a gorjear en las heladas ráfagas de viento de forma prácticamente inaudible.

Con un enorme salto, el daedroth se colocó encima de la piedra y, donde antes estaba la roca ahora solo quedaron escombros. Creyendo que había vencido, las sangrientas fauces del monstruo formaron una mueca burlona cuando una tenue canción cortó el aire helado. El pajarillo brincó alegremente por el hocico del furioso daedroth. Sheogorath observó, conteniendo su alborozo, cómo la diminuta criatura recogía con el pico algunos restos enredados en las escamas de entre los fieros ojos de la enorme bestia. Con una furia desorbitada, la enorme cosa se cegó intentando arrancar de allí esa molestia. Y así continuó durante horas, mientras Hircine observaba avergonzado cómo su más elaborada bestia se iba destruyendo a sí misma mientras perseguía al insignificante pajarillo que, entretanto, entonaba una lastimera melodía.

Furibundo y derrotado, Hircine prendió fuego al destrozado cadáver y se retiró a su reino, maldiciendo en lenguas ya olvidadas. Sus maldiciones aún vagan por esos picos, donde ningún caminante desea permanecer por miedo a la ira que mora en esas tenebrosas alturas.

Dándose media vuelta, Sheogorath indicó al minúsculo pajarillo cantor que se posara sobre su hombro y descendió la montaña para dirigirse a las cálidas brisas y las vibrantes puestas de sol de la costa de Abecea, mientras con sus silbidos acompañaba la melodía del campeón más pequeño de Tamriel.

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