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Danza en el fuego, vol. 4

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D letter.pngieciocho bosmer y un oficinista cyrodílico retirado de una Comisión de Obras imperial recorrieron con dificultad la jungla hacia el oeste desde el río Xylo hasta la antigua aldea de Vindisi. Para Decumo Scotti, la jungla era un terreno hostil y desconocido. Los enormes árboles de apariencia vermicular llenaban la brillante mañana de oscuridad y parecían ambiciosas garras que se inclinaban para impedir su avance. Incluso las hojas de las plantas más bajas vibraban con una malévola energía. Y lo que era peor, él no era el único angustiado. Sus compañeros de viaje, los nativos que habían sobrevivido a los ataques de los khajiitas en las aldeas de Grenos y Athay, mostraban abiertamente su miedo.

Podíamos sentir que había vida inteligente en la selva, y no se trataba tan solo de los locos, aunque benévolos, espíritus indígenas. Con su visión periférica, Scotti podía ver las sombras de los khajiitas saltando de árbol en árbol para seguir a los refugiados. Cuando volvía la cabeza, las ágiles formas desaparecían en la oscuridad como si nunca hubieran estado allí. Sin embargo, él sabía que los había visto. Y los bosmer también se habían percatado, por lo que aceleraron el paso.

Tras dieciocho horas durante las cuales los insectos les habían comido vivos y miles de zarzas les habían arañado, salieron a un valle despejado. Era de noche, aunque una fila de antorchas encendidas los acogió, iluminando las tiendas de cuero y las piedras revueltas del poblado de Vindisi. Al final del valle, las antorchas marcaban un lugar sagrado, una retorcida enramada de árboles unidos para formar un templo. Sin mediar palabra, los bosmer recorrieron la arcada de antorchas dirigiéndose hacia los árboles. Scotti los siguió. Cuando llegaron a la sólida masa viva de selva con un único portal abierto, Scotti pudo ver una tenue luz azul brillando en el interior. Un débil y sonoro gemido de cientos de voces hizo eco en el interior. La doncella bosmer a la que había estado siguiendo tendió la mano para frenarlo.

"No lo comprendes, pero los extranjeros no pueden entrar, aunque sean amigos", dijo. "Este es un lugar sagrado".

Scotti asintió mientras veía cómo los refugiados caminaban hacia el interior del templo con las cabezas agachadas. Sus voces se unieron con las que se oían dentro. Cuando el último de los elfos del bosque hubo entrado, la atención de Scotti volvió a la aldea. Tendría que haber comida en algún sitio. Un aro de humo y un ligero aroma a venado asado que ascendía sobre la luz de las antorchas le guiaron.

Eran cinco cyrodílicos, dos bretones y un nórdico los que componían el grupo que se reunía alrededor del fuego, formado por unas piedras blancas encendidas. Arrancaban humeantes tiras de carne que provenían del cadáver de un gran venado. Cuando Scotti se acercó, se levantaron, todos menos el nórdico que estaba distraído con su trozo de carne animal.

"Buenas noches. Perdón por interrumpir, pero. me estaba preguntando si podría tomar algo de comida. Me temo que estoy bastante hambriento; llevo todo el día andando con algunos refugiados de Grenos y Athay".

Le invitaron a que se sentara y a que comiera algo. Luego se presentaron.

"Así que, según parece, la guerra ha vuelto", comentó Scotti amigablemente.

"Es lo mejor que les puede pasar a estos inútiles amanerados", respondió el nórdico entre mordisco y mordisco. "Nunca he conocido una cultura tan vaga. Ahora, tienen a los khajiitas que luchan con ellos por tierra y a los altos elfos que lo hacen por mar. Si existe alguna provincia que merezca cierta penuria, es la deplorable Bosque Valen".

"No veo por qué te parecen tan ofensivos", se rio uno de los bretones.

"Son ladrones congénitos, incluso peores que los khajiitas, porque o tienen pretensiones en su agresión". El nórdico escupió un pegote de grasa que chisporroteó en las ardientes piedras de la hoguera. "Extienden sus selvas sobre territorios que no les pertenecen, infiltrándose lentamente en las tierras de sus vecinos, y después se sienten desconcertados cuando Elsweyr se revuelve contra ellos. Son todos villanos de la peor calaña".

"¿Qué es lo que hacéis vosotros aquí?", les preguntó Scotti.

"Soy diplomático de la corte de Jehenna", masculló el nórdico volviendo a su comida.

"Y tú, ¿qué es lo que estás haciendo aquí?", le preguntó uno de los cyrodílicos.

"Trabajo para la Comisión de Obras de lord Atrio, en la Ciudad Imperial", dijo Scotti. "Uno de mis antiguos colegas me propuso venir a Bosque Valen. Comentó que la guerra había terminado y que sería una buena oportunidad para nuestra empresa a la hora de hacer negocios y reconstruir lo perdido. Un desastre tras otro: he perdido todo mi dinero, estoy en mitad de una guerra que se ha vuelto a reavivar y no puedo encontrar a mi antiguo colega".

"Tu antiguo colega", murmuró uno de los cyrodílicos que se presentó como Reglio, "¿No se llamará, por casualidad, Liodes Juro?

"¿Le conoces?"

"Me atrajo a Bosque Valen prácticamente en las mismas circunstancias", sonrió forzadamente Reglio. "Yo trabajaba para el competidor de tu jefe, los hombres de lord Vanech, donde también trabajó hace tiempo Liodes Juro. Me escribió, pidiéndome que representara a la Comisión de Obras imperial para conseguir los contratos de la construcción de posguerra. Me acababan de despedir de mi puesto y pensé que, si les aportaba nuevos negocios, conseguiría volver a mi trabajo. Juro y yo nos encontramos en Athay y me dijo que iba a concertar una reunión muy lucrativa con los de Silvenar".

Scotti estaba aturdido: "¿Dónde está ahora?"

"No soy teólogo, no podría decirte" dijo Reglio encogiéndose de hombros. Cuando los khajiitas atacaron Athay, empezaron prendiéndole fuego al puerto donde Juro estaba preparando su barco. O debería decir mi barco, ya que lo compré con el oro que traje. Para cuando fuimos conscientes de lo que estaba sucediendo, tan solo nos dio tiempo de huir, puesto que lo único que había en el agua eran cenizas. Los khajiitas puede que sean unos animales, pero saben cómo planear un ataque".

"Creo que nos siguieron por la selva hasta Vindisi", añadió Scotti nerviosamente. "Definitivamente, había un grupo de algo que saltaba entre las copas de los árboles".

"Probablemente uno de esos hombres mono", bufó el nórdico. "Nada de lo que preocuparse".

"Cuando llegamos por primera vez a Vindisi y los bosmer entraron todos en ese árbol, estaban furiosos, susurraban algo sobre desatar un horror ancestral sobre sus enemigos", afirmó uno de los bretones, que se estremeció al recordarlo. "Han estado ahí desde entonces, durante más de un día y medio, por ahora. Si quieres algo a lo que temer, esa es la dirección en la que tiene que mirar".

El otro bretón, que era un representante del gremio de los magos de Salto de la Daga, miraba a la oscuridad mientras su acompañante de la misma provincia hablaba. "Puede ser. Aunque también hay algo en la selva, justo en los límites del poblado, mirando".

"Puede que sean más refugiados, ¿no?", preguntó Scotti, tratando de no parecer alarmado.

"No, a no ser que ahora se dediquen a viajar por los árboles", susurró el hechicero. El nórdico y uno de los cyrodílicos tomaron una gran lona de cuero húmedo y la colocaron sobre el fuego, extinguiéndolo al instante sin ni siquiera un chisporroteo. Ahora Scotti podía ver a los intrusos, sus elípticos ojos amarillos y sus largas y crueles cuchillas iluminados por la luz de las antorchas. Se quedó paralizado de miedo, rogando que él también fuera invisible a sus ojos.

Sintió cómo algo golpeaba su espalda y ahogó un grito.

En voz queda, Reglio le dijo desde arriba: "Silencio, por Mara, y sube aquí arriba".

Scotti agarró la nudosa doble liana que colgaba de un árbol alto junto a la hoguera ya extinguida. Subió tan rápido como pudo, conteniendo la respiración, no fuera que se le escapara algún resoplido del esfuerzo. En lo alto de la liana, sobre la aldea, se encontraba el nido abandonado de algún pájaro grande apoyado sobre una rama en forma de tridente. Tan pronto como Scotti se introdujo en la suave y aromática paja, Reglio tiró hacia arriba de la liana. Allí no había nadie más y, cuando Scotti miró hacia abajo, no consiguió ver ni un alma. Nadie, excepto a los khajiitas que se acercaban lentamente hacía el brillo del árbol del templo.

"Gracias", susurró Scotti, muy conmovido ante la idea de que le hubiera ayudado un competidor. Apartó su mirada de la aldea y vio que las ramas superiores de los árboles rozaban los musgosos muros de piedra que rodeaban el valle situado más abajo. "¿Cómo se te da escalar?"

"Estás loco" dijo Reglio en voz baja. "Deberíamos permanecer aquí hasta que se hayan ido".

"Si incendian Vindisi como hicieron con Athay y Grenos, moriremos seguro, igual que si estuviéramos en tierra firme", afirmó Scotti mientras empezaba lenta y cuidadosamente a escalar el árbol, probando cada rama. "¿Puedes ver lo que están haciendo?"

"No podría decirlo con seguridad", respondió Reglio mirando hacia la penumbra de abajo. "Se encuentran frente al templo. Creo que también tienen. parecen unas cuerdas largas que arrastran tras ellos hacia el desfiladero".

Scotti se arrastró hasta la rama más fuerte que apuntaba hacia la cara rocosa y húmeda del acantilado. No estaba tan lejos como para no poder saltar. De hecho, se encontraba tan cerca que podía oler la humedad y sentir el frío de la piedra. Aunque, pese a todo, era un salto y, durante su trayectoria como oficinista, nunca antes había tenido que brincar desde un árbol de 30 metros de altura hasta una roca escarpada. En su mente apareció la imagen de las sombras que le habían perseguido por la selva desde las alturas; cómo se enrollaban sus piernas al saltar y cómo sus brazos se abrían repentinamente hacia delante en un movimiento elegante y fluido para agarrarse. Y saltó.

Sus manos forcejearon tratando de agarrarse a la roca, aunque las largas y anchas cuerdas de musgo resultaron más accesibles. Se agarró con fuerza, pero cuando intentaba apoyar los pies para escalar, se le resbalaron y cayó piernas arriba. Durante unos segundos, se encontró cabeza abajo antes de conseguir impulsarse para colocarse en una posición más convencional. Había un estrecho saliente con vegetación que emergía del acantilado en el que pudo ponerse de pie y, finalmente, espirar.

"Reglio. Reglio. Reglio". Scotti no se atrevía a gritar. Un minuto después, las ramas se agitaron y el hombre de lord Vanech apareció. Primero su mochila, después su cabeza y, a continuación, el resto de él. Scotti comenzó a susurrar algo, pero Reglio sacudió la cabeza violentamente y apuntó hacia abajo. Uno de los khajiitas se encontraba al pie del árbol, investigando los restos de la hoguera.

Reglio intentó mantener torpemente en equilibrio sobre la rama, pero, a pesar de su fuerza, resultaba extremadamente difícil hacerlo con solo una mano libre. Scotti ahuecó las palmas de sus manos y apuntó hacia la mochila. Parecía que a Reglio le costaba deshacerse de sus pertenencias, pero cedió, lanzándosela a Scotti.

Había un pequeño agujero, casi imperceptible, en la bolsa y, cuando Scotti la agarró, una única moneda de oro cayó. Tintineó, dando brincos contra el muro de roca a medida que caía, un suave y agudo sonido que a Scotti le pareció la alarma más fuerte que jamás hubiera oído.

Entonces, todo sucedió muy deprisa.

El cathay-rath que se encontraba al pie del árbol miró hacia arriba y ululó con fuerza. El resto de los khajiitas le siguieron a coro, mientras el felino se ponía en cuclillas y saltaba a las ramas inferiores. Reglio lo observó a sus pies, escalando con una destreza imposible, y le entró el pánico. Incluso antes de que saltara, Scotti sabía que se iba a caer. Con un grito, Reglio el oficinista, se desplomó contra el suelo, rompiéndose el cuello por el impacto.

Un destello de fuego blanquecino salió de golpe de cada grieta del templo, y el gemido de los rezos de los bosmer cambió, convirtiéndose en algo terrible y sobrenatural. El cathay-raht que estaba escalando se detuvo y se puso a mirar.

"Keirgo", jadeó. "La caza salvaje".

Fue como si se hubiera abierto completamente una grieta en la realidad. Una avalancha de bestias horrendas, sapos con tentáculos, insectos con armazones y púas, serpientes gelatinosas y seres vaporosos con cara de dioses salieron del gran árbol hueco, todos ellos ciegos de ira, e hicieron pedazos a los khajiitas que se encontraban frente al templo. El resto de los felinos huyeron hacia la selva, pero, al mismo tiempo, comenzaron a tirar de las cuerdas que llevaban. En pocos segundos, toda la aldea de Vindisi estaba repleta de apariciones dementes de la caza salvaje.

Sobre el sonido de rumores, ladridos y aullidos, Scotti pudo oír cómo los cyrodílicos escondidos gritaban a medida que se los comían. También encontraron al nórdico y se lo comieron, y a los dos bretones. El hechicero se había vuelto invisible, pero el enjambre no se fiaba de su vista. El árbol en el que se encontraba el cathay-raht empezó a balancearse y a sacudirse debido a la violencia imposible que se estaba produciendo debajo. Scotti miró a los ojos aterrados del khajiita y le tendió una de las cuerdas de musgo.

La cara del felino mostró su lastimosa gratitud mientras saltaba a la liana. No le dio tiempo prácticamente a cambiar la expresión, cuando Scotti retiró la cuerda y vio cómo caía. La caza se comió hasta sus huesos antes de que llegara a tocar el suelo.

El salto de Scotti al siguiente saliente con vegetación de la roca tuvo mucho más éxito. Desde allí, se impulsó hasta la cima del acantilado, desde donde pudo contemplar el caos en el que se había convertido la aldea de Vindisi. La masa de la caza había crecido y comenzó a extenderse por el desfiladero que salía del valle persiguiendo a los khajiitas, que se daban a la fuga. Fue ahí cuando comenzó la verdadera locura.

A la luz de la luna, desde el lugar aventajado en el que se encontraba, pudo ver dónde habían atado los khajiitas sus cuerdas. Tras una estruendosa explosión, una avalancha de pedruscos cayó sobre el desfiladero. Cuando se despejó la polvareda, se dio cuenta de que el valle había quedado sellado. La caza salvaje no tenía contra qué luchar más que contra sí misma.

Scotti volvió la cabeza, incapaz de soportar la visión de esa orgía de canibalismo. La oscura selva se alzaba ante él, una maraña de madera. Se echó la mochila de Reglio al hombro y se adentró en ella.

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