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Danza en el fuego, vol. 3

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Información sobre el libro
ID 0001AFD4
Anterior Danza en el fuego, vol. 1
Siguiente Danza en el fuego, vol. 4
Valor 3 Peso 1
Autor Waughin Jarth
Habilidad Atletismo (Oblivion)
Atletismo (Morrowind)
Necesario para
Facción
Localización
M letter.pngamá Pascost desapareció en el sórdido agujero que tenía por taberna para salir un momento después con un pedacito de papel escrito con los familiares garabatos de Liodes Juro. Decumo Scotti lo sostuvo buscando la luz de un rayo de sol que se había abierto camino a través de las inmensas ramas de la ciudad de árboles y leyó:

Sckotti: ¡Así que as llegao a Falinnesti, en Bosque Vallin! ¡Enoravuena! Estoi seguro que a sido una aventura lo de llegar aquí. Para desgracia, ya no estoi mas aquí, como adivinas. Ay una aldea abajo del rio llamada Athie, ai estoi yo. ¡Da un bote y vente! ¡Es bonita! Espero que te treigas un monton de contratos, porque esta jente necesita muchos edificios. Estamos al lado de la guerra, sabes, pero no muy cerca, a ellos les queda dinero para pagar. Je, je. Te veo aqui al benir. --- Juro

Así pues, Scotti recapacitó: Juro se había ido de Falinesti dirigiéndose a algún lugar llamado Athie. Dada su pobre caligrafía y su espantosa ortografía podía estar tanto en Athy, como en Aphy, Othry, Imthri, Urtha o Krakamaka. Lo más sensato, pensó Scotti, era dar por concluida la aventura y tratar de encontrar algún medio de volver a casa, a la Ciudad Imperial. Él no era un mercenario con una vida llena de emociones: era, o al menos había sido, un director jefe de una exitosa Comisión de Obras privada. A lo largo de las últimas semanas, le habían robado los cathay-raht, había participado en una marcha mortal a través de la jungla junto a una banda de bosmer con risa nerviosa, estuvo a punto de morir de hambre, lo drogaron con leche de cerdo fermentada, por poco lo asesinan varias garrapatas gigantes y fue atacado por arqueros. Estaba mugriento, exhausto y solo le quedaban diez monedas de oro. Y ahora, el hombre cuyas propuestas le habían llevado hasta la miseria más absoluta ni siquiera estaba allí. Abandonar esta aventura por completo parecía lo más sensato y acertado.

Sin embargo, una vocecilla interior le decía: Has sido elegido. No tienes más remedio que seguir adelante.

Scotti se volvió hacia la corpulenta anciana, Mamá Pascost, que le había estado observando con curiosidad: "Me preguntaba si conoces una aldea que se encuentra próxima al actual conflicto con Elsweyr, llamada algo así como Ath-ie".

"Debes de referirte a Athay" dijo frunciendo el ceño. "Mi hijo mediano, Viglil, tiene una lechería en esa aldea. Es una zona muy bonita, justo al lado del río. ¿Es allí a donde ha ido su amigo?"

"Sí", dijo Scotti. "¿Sabes cuál es el camino más rápido para llegar hasta allí?"

Después de una breve conversación, un paseo aún más corto hasta las raíces de Falinesti por las plataformas y una carrera hasta la orilla del río, Scotti se puso a negociar el transporte con un gran bosmer pelirrojo, cuya cara parecía una carpa curtida. Se presentó como el capitán Balfix, pero incluso alguien como Scotti, que había vivido entre algodones, podía reconocer lo que era: un pirata jubilado de alquiler, seguramente un contrabandista o incluso algo peor. Su barco, claramente robado en un pasado lejano, era un antiguo balandro imperial modificado.

"Cincuenta monedas de oro y estarás en Athay en dos días", dijo el capitán Balfix con una voz atronadora a la vez que afable.

"Dispongo de diez, no, perdón, de nueve monedas de oro", respondió Scotti y, tras sentir la necesidad de explicarse, añadió: "Tenía diez, pero le tuve que dar una al barquero de la plataforma para que me trajera hasta aquí."

"Nueve también valdrán", afirmó el capitán amablemente. "A decir verdad, iba a ir a Athay, me pagaras o no. Acomódate en el barco, zarparemos en unos minutos".

Decumo Scotti embarcó en la nave, que estaba más hundida de lo normal en las aguas del río. Estaba repleta de cajas y sacos apilados en la bodega, la cocina y la cubierta. Cada uno de ellos iba marcado con un sello que indicaba su contenido. Se trataba de sustancias inofensivas como: trozos de cobre, manteca de cerdo, tinta, piensos de Roca Alta (con la marca "Para el ganado"), alquitrán y gelatina de pescado. La imaginación de Scotti voló al pensar el tipo de importaciones ilícitas que realmente llevaría a bordo.

Al capitán Balfix le costó más de unos minutos transportar el resto de la carga, aunque una hora después levaron anclas y se dispusieron a navegar río abajo en dirección a Athay. Las aguas verde grisáceas, ligeramente rozadas por los dedos de la brisa, casi no formaban olas. Las orillas estaban repletas de exuberante vegetación que ocultaba de la vista a todos los animales que cantaban y rugían. Adormecido por al sereno entorno, Scotti puso rumbo a la tierra de los sueños.

Por la noche, se despertó y agradeció la ropa limpia y la comida que le ofreció el capitán Balfix.

"¿Por qué te diriges a Athay, si se puede saber?", preguntó el bosmer.

"Voy a reunirme allí con un antiguo compañero. Me pidió que viniera desde la Ciudad Imperial, en donde trabajaba para la Comisión de Obras de Atrio, para negociar algunos contratos", respondió Scotti mientras cogía otro trozo de las salchichas deshidratadas que estaban compartiendo para cenar. "Vamos a tratar de arreglar y a restaurar todo puente, camino u otro tipo de estructura que haya resultado dañada durante la reciente guerra contra los khajiitas".

"Han sido dos años muy duros", afirmó el capitán con la cabeza. "Aunque supongo que beneficiosos tanto para mí y los que son como yo, como para ti y tus amigos. Han cortado las rutas comerciales. Ahora piensan que se va a desencadenar una guerra con las islas de Estivalia, ¿lo sabías?"

Scotti negó con la cabeza.

"Yo ya he sacado beneficios con el contrabando de skooma por la costa, incluso ayudé a escapar a algunos revolucionarios de la ira del mane, pero ahora estas guerras me han convertido en un comerciante legal, un hombre de negocios. Las primeras bajas en una guerra son siempre las de los corruptos".

Scotti le comentó que sentía oír aquello y permanecieron en silencio, mirando el reflejo de las estrellas y las lunas sobre las tranquilas aguas. Al día siguiente, Scotti se despertó y vio al capitán enrollado en la vela, atontado por el alcohol y cantando en voz baja mientras arrastraba las palabras. Cuando se percató de que Scotti estaba despierto, le ofreció su jarra de jagga.

"Aprendí la lección durante una fiesta en el cruce occidental".

El capitán rio y, después, se echó a llorar: "No quiero ser legal. Otros piratas que conozco todavía siguen violando, robando, haciendo contrabando y vendiendo a gente amable como tú a los esclavistas. Te juro que en ningún momento pensé, la primera vez que llevé un cargamento de productos legales, que mi vida se convertiría en esto. Bueno, sé que podría volver a lo de antes, aunque bien sabe Baan Dar que no me es posible después de todo lo que he visto. Soy un hombre arruinado".

Scotti ayudó al mer llorón a salir de la vela mientras murmuraba palabras tranquilizadoras. Entonces, añadió: "Perdona por cambiar de tema pero. ¿dónde estamos?"

"Ah", gimió el capitán Balfix de forma miserable. "Hemos hecho el camino en poco tiempo. Athay está justo a la vuelta del recodo del río".

"Entonces, parece que Athay se está incendiando", dijo Scotti mientras señalaba.

Una columna de humo negro como el carbón subía por encima de los árboles. Tras doblar la curva, lo siguiente que vieron fueron llamaradas y después los restos ennegrecidos de lo que había sido la aldea. Los lugareños moribundos que estaban ardiendo se arrastraban por las rocas en dirección al río. El sonido desgarrador de un gemido llegó a sus oídos y, entonces, pudieron distinguir las siluetas de unos soldados khajiitas que merodeaban por los límites del poblado portando antorchas.

"¡Qué Baan Dar me bendiga!", dijo el capitán arrastrando las palabras. "¡Se ha reanudado la guerra!"

"¡Oh, no!", se quejó Scotti.

El balandro se dirigió impulsado por la corriente hacia la orilla de enfrente, lejos de la aldea en llamas. Scotti fijó su atención en ese lugar y en el cobijo que ofrecía. Tan solo era un tranquilo remanso, alejado del horror. Las hojas de dos de los árboles se estremecieron y una decena de ágiles khajiitas cayó al suelo, armados con arcos.

"Nos han visto", siseó Scotti. "¡Y tienen arcos!"

"Claro, por supuesto que tienen arcos," gruñó el capitán Balfix. "Nosotros, los bosmer, puede que inventáramos esas puñeteras armas, pero no se nos ocurrió guardar el secreto, maldito burócrata".

"¡Le están prendiendo fuego a las flechas!"

"Sí, a veces lo hacen".

"¡Capitán, nos están disparando! ¡Nos disparan flechas de fuego!"

"Ah, pues es verdad", confirmó el capitán. "Aquí el objetivo consiste en evitar que nos alcancen".

Pero les alcanzaron muy poco después. Y, lo que es peor, la siguiente tanda de flechas llegó al suministro de brea, que se incendió formando una inmensa llama azul. Scotti agarró al capitán Balfix y saltaron por la borda justo antes de que el barco con toda su carga se desintegrara. La impresión que le causó el agua fría provocó que el bosmer volviera a una sobriedad temporal. Llamó a Scotti, que ya estaba nadando tan rápido como podía hacia el recodo.

"Maestro Decumo, ¿hacia dónde se cree que está nadando?"

"¡Me vuelvo a Falinesti!", gritó Scotti.

"¡Tardarás días en llegar, y para cuando llegues, todo el mundo sabrá lo del ataque en Athay! ¡No permitirán que entre alguien que no conocen! La aldea más cercana río abajo es Grenos, ¡puede que nos den allí cobijo!"

Scotti nadó hacia el capitán y, uno al lado del otro, empezaron a chapotear por el centro del río, dejando atrás los restos ardientes de la aldea. Dio gracias a Mara de que hubiera aprendido a nadar. Muchos cyrodílicos no saben, ya que del mar hasta la Provincia Imperial hay una larga distancia. Si hubiera nacido en Mir Corrup o Artemon no habría podido sobrevivir, pero la Ciudad Imperial estaba rodeada de agua y cualquiera que hubiera crecido allí sabía cómo cruzar sin barco, incluso aquellos que iban a ser gestores y no aventureros.

La sobriedad del capitán Balfix se diluía a medida que su cuerpo se habituaba a la temperatura del agua. Incluso durante el invierno, las aguas del río Xylo estaban templadas y, en cierto modo, resultaban hasta agradables. Las brazadas del bosmer eran irregulares, se acercaba a Scotti y después se alejaba, se adelantaba, para después quedarse atrás.

Scotti miró hacia la orilla derecha: las llamas habían llegado hasta los árboles que ardían como si fueran una mecha. Tras ellos había un infierno que avanzaba casi a su mismo ritmo. En la orilla de la izquierda todo parecía tranquilo, hasta que vio cómo temblaban los juncos del río y se percató de lo que causaba ese temblor: una jauría de los felinos más grandes que había visto nunca. Su pelaje era de color caoba y los ojos verdes de esas bestias, junto con sus mandíbulas y dientes, podrían aparecer perfectamente en una de sus peores pesadillas. Estaban mirando a los dos nadadores y llevaban su mismo ritmo.

"Capitán Balfix, no podemos descansar en una orilla ni en la otra porque si lo hacemos podemos acabar recocidos o devorados", le susurró Scotti. "Trata de armonizar sus brazadas y patadas. Respira como lo haría normalmente. Si te sientes cansado, dímelo y flotaremos boca arriba durante un rato".

Cualquiera que haya vivido la experiencia de dar consejos racionales a un borracho entenderá la desesperación que esto representa. Scotti llevó el ritmo del capitán, ralentizándose, acelerando, desviándose a izquierda y derecha, mientras que el bosmer canturreaba cancioncillas de sus viejos tiempos de pirata. Cuando no miraba a su compañero, observaba a los felinos de la orilla. Al cabo de un rato, giró a la derecha. Otra aldea incendiada. Sin duda, eso era Grenos. Scotti se quedó mirando la furia de las llamas, sobrecogido por la visión de la destrucción y no oyó que el capitán había dejado de cantar.

Cuando se volvió, el capitán Balfix había desaparecido.

Scotti se sumergió hasta las turbias profundidades del río una y otra vez. No había nada que hacer. Cuando salió a la superficie tras su última búsqueda, vio que los felinos gigantes se habían ido, quizá dando por hecho que él también se había ahogado. Continuó nadando en soledad río abajo. Se percató de que un afluente había formado una barrera final, impidiendo que las llamas siguieran extendiéndose. Pero ya no había más poblados. Tras varias horas, empezó a considerar la posibilidad de llegar hasta la orilla. La cuestión era a cuál de ellas.

No tuvo que decidir. Ante él se alzaba una rocosa isla con una hoguera. No sabía si estaba entrando en territorio de los bosmer o de los khajiitas, de lo que sí era consciente era de que no podía nadar más. Con los músculos en tensión y doloridos, se impulsó hacia las rocas.

Dedujo que eran refugiados bosmer incluso antes de que se lo dijeran. Asándose al fuego había unos restos de uno de esos felinos gigantes que habían estado acechándole por toda la jungla desde la orilla opuesta.

"Un tigre senche", dijo vorazmente uno de los jóvenes guerreros. "No es un animal. es tan inteligente como cualquier cathay-raht, ohmes o cualquier maldito khajiita. La pena es que este se ahogó. Lo hubiera matado con gusto. Pese a todo, te gustará su carne. Es dulce debido a la cantidad de azúcar que comen estos burros".

Scotti no sabía si era capaz de comerse a una criatura tan inteligente como un hombre o un mer, aunque se sorprendió a sí mismo, tal y como le había sucedido varias veces en los últimos días. Estaba rica, suculenta y dulce, como si fuera cerdo con azúcar, pese a que no le habían añadido ningún condimento. Contemplaba al grupo mientras comía. Un montón de gente triste, algunos de los cuales todavía estaban llorando ante la pérdida de sus familiares. Eran los supervivientes de los poblados de Grenos y Athay. El tema de la guerra estaba en boca de todos. ¿Por qué nos han vuelto a atacar los khajiitas? ¿Por qué el emperador no impone la paz en sus provincias?, preguntaban dirigiéndose a Scotti por ser de Cyrodiil.

"Me iba a reunir con otro cyrodílico", le comentó a una doncella bosmer que creyó que era de Athay. "Se llamaba Liodes Juro. Supongo que no sabrás qué ha sido de él."

"No conozco a tu amigo, pero había muchos cyrodílicos en Athay cuando comenzó el incendio", dijo la chica. "Algunos de ellos, creo, huyeron rápidamente. Se dirigían a Vindisi, por el interior, por la selva. Mañana iré hacia allí, al igual que muchos de nosotros. Si quieres, puedes acompañarnos".

Decumo Scotti accedió solemnemente con un movimiento de cabeza. Se acomodó como pudo en el rocoso suelo de la isla del río y, de alguna manera, consiguió, tras muchos esfuerzos, conciliar el sueño. Sin embargo, no durmió bien.

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