Caída del príncipe nieve
Discusión0Caída del príncipe nieve
[Relato sobre la batalla de Moesring según la versión de Lokheim, cronista
oficial del jefe Ingjaldr Ojo-blanco]
No sabemos de donde surgió, pero se dirigió a la batalla montado en un
reluciente corcel de color blanco. Elfo le llamamos, porque eso es lo que era,
aunque hasta ese momento no habíamos visto a ningún otro como él. Su
lanza y armadura resplandecían con un brillo sobrecogedor proveniente de
algún tipo de magia. Así aguisado, el desconocido jinete parecía más un
noble que un guerrero.
Lo que nos preocupó, o más bien nos asustó, fue el clamor, el grito de guerra
que se elevó de entre los elfos. No se debía al miedo ni a la sorpresa, más bien
parecía fruto de un júbilo irrefrenable, la clase de gozo y alegría que
experimenta un hombre al que la vida le brinda una segunda oportunidad.
Pues, en aquel momento, los elfos estaban prácticamente condenados, tan
cerca de la muerte como lo habían estado durante las escaramuzas de
Solstheim. La batalla de Moesring sería el último enfrentamiento entre
nórdicos y elfos en nuestra bella isla. Dirigidos por Ysgramor, habíamos
expulsado a las fuerzas elfas de Skyrim y nuestra intención era limpiar
Solstheim de igual forma. Nuestros guerreros, armados con las mejores
hachas y espadas que los artesanos nórdicos podían forjar, se abrían paso
entre las filas enemigas. Un río rojo de sangre elfa se precipitaba por las
laderas de Moesring. Nos preguntábamos, pues, a qué se debería el regocijo
de nuestros adversarios. ¿Cómo podía un único jinete insuflar tanta
esperanza a un ejército en un estado tan lamentable?
Para la mayoría, el grito de guerra estaba más que claro, aunque se les
escapaba el significado de las palabras élficas entonadas. Sólo algunos, los
eruditos y cronistas, podíamos comprenderlas y al oírlas no pudimos evitar
estremecernos.
"¡El príncipe nieve ha llegado! ¡Nuestra hora se acerca!"
A continuación, se hizo un silencio espectral entre los elfos que aún quedaban
en pie. Como la quilla de un bote va apartando las aguas heladas del
Fjalding, las filas de elfos se hacían a un lado conforme el príncipe nieve se
iba acercando en su cabalgadura. El magnífico caballo, de un blanco
reluciente, iba aminorando su paso, de galope al trote. Finalmente, el jinete
desconocido se paseo lentamente frente a las líneas, de forma casi
fantasmal.
Muy pocas cosas pueden sorprender a los guerreros nórdicos, curtidos en la
lucha y en las batallas, por lo que nadie podría haberse imaginado que la
conmoción y la incertidumbre se adueñarían del campo de batalla de esa
forma. El silencio era absoluto. Tal fue la impresión que nos causó el príncipe
nieve. Cuando los gritos de júbilo de los elfos se apagaron, nos invadió una
enorme quietud, como si de un sueño se tratara. Y entonces, ambas huestes,
tanto elfos como nórdicos, atisbamos la terrible verdad: victoria o derrota
importarían muy poco ese día en las montañas de Moesring. Comprendimos
que muchos morirían ese día en ambos bandos, tanto vencedores como
vencidos. El glorioso príncipe nieve, un elfo sin igual entre sus congéneres,
había venido para dar muerte a los nuestros. Y eso fue lo que hizo.
De repente, una violenta tormenta de nieve similar a la que ciega a los
viajeros y parece arrancar de cuajo hasta los cimientos más profundos
arremetió contra nuestras filas. La nieve y el hielo parecían arremolinarse en
torno al elfo, como si obedecieran sus designios. Al girar su brillante lanza
ésta emitía un silbido parecido a un canto fúnebre, dirigido a todo aquél que
osara cruzarse en el camino del príncipe nieve. Nuestros mejores hombres
cayeron ante él ese día: Ulfgi la mano de Anvil, Strom el blanco, Freida mano
de roble y Heimdall el desenfrenado. Todos yacían muertos a los pies de las
montañas de Moesring.
La batalla tomaba un cariz totalmente distinto, parecía que las tornas se
habían vuelto. Los elfos espoleados por el príncipe nieve se reagruparon para
lanzarse a la ofensiva. Fue entonces, cuando la batalla de Moesring terminó
de forma inesperada, en apenas un instante.
Finna, la hija de Jofrior, una muchachita de unos doce años de edad y
escudera de su madre, vio como el príncipe de nieve sesgaba la vida de ésta y
la dejaba huérfana. El dolor y la rabia le hicieron recoger la espada de Jofrior
y lanzarla con fuerza hacia el asesino de su madre. Cuando la refulgente
lanza detuvo su baile mortal, se hizo un silencio completo en el campo de
batalla y todos los ojos se volvieron hacia el príncipe nieve. Lo acaecido cogió
a todos por sorpresa, pero el más asombrado fue el propio elfo. El príncipe
nieve aún montado en su corcel se encontró con la espada de Jofrior
firmemente clavada en el pecho. Y entonces, se desplomó. Dijo adiós a su
caballo, a la batalla y a su propia vida. El príncipe había caído muerto, a
manos de una simple niña.
Al ver a su salvador derrotado, los pocos guerreros elfos que quedaban
perdieron su espíritu. Muchos huyeron y los que permanecieron en su puesto
pronto cayeron bajo las hachas de nuestros hombres. Al acabar el día, todo lo
que quedaba en el campo de batalla era carnaza. La brillante armadura y la
lanza del príncipe nieve aún refulgían entre los restos, apenas un leve
recuerdo de su valor y destreza. Incluso caído, la prestancia del desconocido
elfo nos llenaba de admiración.
Es nuestra costumbre quemar los cuerpos de los enemigos caídos. De hecho,
se trata más de una necesidad que de un ritual, ya que los muertos sólo
atraen enfermedades y desgracias. Nuestros jefes querían hacer desaparecer
de Solstheim todo rastro de elfos, tanto vivos como muertos. Sin embargo, se
decidió que el príncipe nieve no correría esa suerte. Un guerrero de su talla
tan admirado y querido por su gente se merecía un final mejor. No importaba
que estuviera muerto ni que fuera nuestro enemigo.
Así pues, envolvimos su cuerpo en finas sedas y le dimos sepultura en una
tumba recién abierta. A su lado, en un sitio de honor, colocamos su brillante
armadura y lanza; y adornamos su sepulcro con tesoros dignos de un rey. Los
jefes de los distintos clanes decidieron por unanimidad que el elfo fuese
honrado de esta forma. Su cuerpo sería preservado durante el tiempo que la
tierra estimara oportuno, aunque no recibiría la protección de nuestro
Stalhrim, reservado tan sólo para los muertos nórdicos.
Y así finaliza este relato de la batalla de Moesring y de la caída del
esplendoroso príncipe nieve. ¡Que nuestros dioses le honren en la muerte y
que no volvamos a encontrarnos con él en esta vida!